Lancia y yo (Parte 1)
Iba medio almanaque de 1990 y yo cursaba tercer año en el Colegio Nacional de Buenos Aires en el barrio de Monserrat. Para volver a mi casa en Parque Patricios me tomaba el 28 por Bolívar en frente del City Hotel. Un día, no recuerdo si por un paro o por algún corte de calles […]

Iba medio almanaque de 1990 y yo cursaba tercer año en el Colegio Nacional de Buenos Aires en el barrio de Monserrat. Para volver a mi casa en Parque Patricios me tomaba el 28 por Bolívar en frente del City Hotel. Un día, no recuerdo si por un paro o por algún corte de calles cerca del cabildo, el 28 no pasaba por donde lo hacía regularmente, así que me dispuse a caminar unas cuadras en busca del 9. Di la vuelta manzana, saludé a Roca que seguía duro arriba del caballo y empecé a caminar por Diagonal hacia Av. Belgrano. De repente, entre los colectivos que pasaban logro ver con el rabo del ojo unos colores conocidos, hermosos, emocionantes, bellos como ellos solos, especialmente por la manera de estar ordenados y el lienzo donde habían sido pintados. Giré la cabeza y vi algo que me llevó unos segundos creer. Dos Lancia Delta con la «livrea» Martini. Era ya casi la una del mediodía y por un momento pensé que el hambre me estaba haciendo alucinar. Crucé la calle hacia Moreno, y ahi estaban, en la vidriera de lo que por entonces era la agencia Sevel Ernesto P. Améndola, el número 3 de Biasion – Siviero y el 5 de Auriol – Occelli. No recuerdo cuántas veces me habré frotado los ojos, pero es el día de hoy que no termino de entender esta casualidad. ¡Estaban ahí! Habían estado ahí durante días, antes y después del rally, a pasos de mi pupitre abulonado al piso y yo, ignorante de esta situación, sentadito toda la mañana como si nada.

Al día siguiente me llevé la cámara de fotos al Colegio, una Nikon FM de mi papá con más kilómetros que uno de los 1114 que me llevaban a casa todos los días. Esperé ansioso alguna hora libre, o el recreo de las 9 que duraba 15 minutos, y fue a partir de ahí que cada vez que podía me rajaba a ver los autos.
Duraron poco hasta que se los llevaron, pero recuerdo ver cómo cargaban el auto de Kankkunen en un camión. Nos despedimos hasta quién sabrá cuando.

En alguna de las visitas me puse a hablar con un empleado que me ofreció ver el resto de las cosas. Atrás había un muletto cagado a palos, y varios camiones de asistencia. Aprovecho para agradecer públicamente hoy, 25 años después, a este anónimo empleado que me dejó subir a uno de los autos y me ofreció chusmear adentro de uno de los camiones de asistencia.
Este fue mi primer contacto con el equipo Lancia, que continuaría al año siguiente con más historias, compartidas con mi compañero de aventuras, Juan Pablo Sorkin.
Hoy la gloriosa agencia Ernesto P. Améndola es un estacionamiento.







