La fiesta que no fue

A principios de este año, la ACTC había anunciado una gran fiesta para celebrar los 75 años de la categoría. Dicho festejo incluía un pomposo desfile de viejas glorias mecánicas, paracaidistas, figuras emblemáticas e incluso una exhibición de aviones Mirage de la Fuerza Aérea Argentina. La entrada general, gratis “para todos y todas” (¿un guiño […]

A principios de este año, la ACTC había anunciado una gran fiesta para celebrar los 75 años de la categoría. Dicho festejo incluía un pomposo desfile de viejas glorias mecánicas, paracaidistas, figuras emblemáticas e incluso una exhibición de aviones Mirage de la Fuerza Aérea Argentina. La entrada general, gratis “para todos y todas” (¿un guiño al evento del TC 2000 en el callejero de Buenos Aires?).

Desde hace largo tiempo, yo vengo medio desilusionado con el automovilismo autóctono. Playoffs, penalizaciones, lastres, tragedias sin autocrítica, categorías monomotores y demás yerbas hacen crecer la nostalgia por las viejas épocas del TC en ruta o por las épicas batallas entre la XR4 y la Fuego en el TC 2000. Solo el Turismo Nacional conserva algo de aquel automovilismo donde el más veloz del sábado largará en punta el domingo y deberá mover las muñecas con mucho entusiasmo para ganar la carrera, además de contar con un buen presupuesto para el chapista del lunes.

Pero como la nafta tira (nafta súper, aunque ya no sé de qué octanaje real) decidí darme una vuelta por el Gálvez para presenciar la celebración. Don Zeus había decidido lo mismo que yo y al descubrir el penoso estado en que se encuentra el autódromo porteño, echó a llorar sin parar durante todo el viernes, por lo que ese día hubo que suspender la actividad. El sábado llegué bien tempranito acompañado por un amigo, mochila al hombro que incluía el mate, la radio y la cámara de fotos, elementos indispensables para cualquier teceísta de ley.

Apenas traspasamos el mítico arco de entrada, nos topamos con un puesto de souvenirs y le pregunté al vendedor si tenía pantaneras para las zapatillas, ya que las mías no cuentan con doble tracción. Mientras le quitaba la etiqueta del precio que rezaba 40 australes a una gorrita de Emilio Satriano y se la cambiaba por otra de 100 pesos, me respondió, sin mirarme y con una seguridad digna de Odol Pregunta: “en un rato me llegan”, razón por la cual decidí no esperar y me lancé a la aventura de arribar al puesto de acreditaciones, sin malacate. Al llegar a la carpa, previo depósito de cuatro billetes de Roca, recibí la mágica pulserita que permite el ingreso a los más recónditos lugares del circuito. Ahí nomás se nos presentó la primera gran duda freudiana del sábado: ¿ingresamos por el palco o por el túnel? Echamos una moneda a la suerte para decidir, cayó en el barro y no pudimos encontrarla, así que tras breve discusión nos preparamos para la ardua tarea de intentar llegar a los boxes cruzando el histórico túnel de a pie. Grande fue nuestra sorpresa al no encontrarnos con la clásica pileta, lo cual me hizo reflexionar acerca de los trabajos de reacondicionamiento que se realizaron en estos últimos años. Evidentemente, el regreso de la Fórmula 1 a nuestro país no parece tan lejano como lo pintan…

No hubo mucho brillo el sábado. Podría decirse que debido a la garúa que molestaba pero no llegaba a mojar (como un viejo conocido que no suele tener éxito con las féminas) fue una jornada gris. Poca gente, mucho frío y nulo festejo. Litros de mate para combatir la monotonía y alguna que otra promotora para entretener la vista en boxes, lejos de incidencias de alerones y motores al descubierto. Seguramente, el domingo todo sería diferente, o al menos eso era lo que todos esperábamos…

Domingo: que fantástica, fantástica esta fiesta…

Siete de la matina, niebla importada de los olímpicos de Londres, frío tolerable y gente por todos lados. La magia del TC todo lo puede. Una entrada gratis, también. Excelente idea, sobre todo si se hiciera con mayor asiduidad y en los circuitos de todo el país. Colaboramos alegremente con 70 pesos para estacionar el auto en un lugar digno de ser transitado por el Dakar y otra vez a desandar el camino hasta los boxes. Como todavía estaba medio dormido, pensé que lo que veía era un espejismo, pero no, no lo era. ¡Volvió la pileta al túnel! ¿Cómo y cuándo? No pudimos averiguarlo así que, abrazados a las columnas y emulando a los participantes de Telematch, cruzamos por el medio, rogando que no apareciese ningún piloto apurado por ingresar. El clima hizo que todo el cronograma se retrasara una hora. “La niebla es culpa del Gobierno de la Ciudad”, aseveraba un político que decía seguir al TC “desde la cuna” mientras sus guardaespaldas le explicaban que las carrocerías de los autos que ponderaba habían dejado de fabricarse hace más de veinte años.

A medida que se disipaba la niebla, las tribunas se dejaban ver con un muy buen marco de público. Llenas, no desbordantes y definitivamente lejos de las 78 000 almas declaradas por radio. Tres series para el bostezo, unos buenos amargos con churros rellenos, la final del TC Pista y finalmente, lo que tanto esperábamos todos: los festejos. A priori, nos resultó extraño que no haya habido una sola mención al más grande piloto de todos los tiempos, quíntuple de Fórmula 1, bicampeón de TC y primer campeón con Chevrolet. Nada, ni siquiera una réplica de algún auto del Chueco. Misma intrascendencia para quienes le dan nombre al autódromo. Apenas dos autos, impecablemente presentados. Muy escueto. Quienes fueron campeones de la categoría, quienes no lo fueron pero forman parte de la historia y todavía están entre nosotros, ¿acaso no dejaron su impronta? Y no puedo ahora nombrarlos a todos pero pilotos de la talla de Cupeiro, Traverso, Marincovich, Pairetti y tantos otros no son figuras como para despreciar en cualquier evento fierrero, al igual que nombres como Berta, Herceg, Pronello, Baudena, Wilke, Pedersoli…

Sí hubo autos de diversas épocas, mezclados entre originales y réplicas, algunos en excelente estado, otros no tanto. Un par de vueltas para la foto, algunos fanáticos emocionados y otros que no entendían qué hacía una Ferrari girando delante de una cupecita. ¿Qué siguió? Body painting en la recta principal, con dos pulposas señoritas que no eran promotoras de Atma precisamente, y que desplegaron su voluptuosidad y carisma a cambio de cariñosos saludos repletos de amor y ternura desde la popular. Cuando los niveles de testosterona marcaban 9500 rpm con riesgo de bielazo, aparecieron ¡75 niñas porristas! (sin humo, no confundir) bailando alegremente cual carnaval carioca musicalizado por el Puma Rodriguez. Más saludos desde la popu para las adolescentes, alguna que otra propuesta matrimonial lanzada por el desubicado de siempre y a otra cosa. ¿Algo más? Sí, los dos Mirage que volaron por encima de nosotros en un par de oportunidades, un paracaidista con su correspondiente paracaídas, Juan Darthés y Leo Montero en la calle de boxes preguntando si punta y taco era una un local de compostura de calzado, fuegos artificiales y un breve discurso de la gente de la ACTC para las cámaras. Nada más.

Casi me olvido: después, se corrió la final…

En la semana posterior al evento se modificó el reglamento y, al igual que en 2008, se hizo sin previo aviso y de manera autoritaria, lo cual le quita credibilidad a esa transparencia que pregonan quienes manejan el circo. Dentro de un lustro, el TC cumplirá 80 años de vida. Quizás sea ese el tiempo que la dirigencia actual necesita para organizar algo acorde con el linaje de la categoría, que no es de ellos sino de todos nosotros. El TC tiene su lugar bien ganado dentro de la historia deportiva de nuestro país. Si no se respeta esa historia, se corre el riesgo de perder el rumbo. Si se pierde el rumbo, puede que muchos de nosotros, que conocimos y aprendimos a amar a los fierros subidos sobre los hombros de nuestros padres, no podamos hacer esa especie de simbiosis mecánica de igual manera con nuestros hijos, que no son otra cosa que el futuro de esta pasión.

Adrián Vernazza.-

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