Mi primer auto
Mi primer auto fue un VW Notchback comprado en 1988 y vendido en 1991. De color azul, servía también como casa de un mendigo en la Siqueira Campos, hasta que lo lleve a la Rua Edmundo Lins, también en Copacabana, Río de Janeiro. Estaba reducido a escombros pero tenía su charme. Era lo que me […]
Mi primer auto fue un VW Notchback comprado en 1988 y vendido en 1991. De color azul, servía también como casa de un mendigo en la Siqueira Campos, hasta que lo lleve a la Rua Edmundo Lins, también en Copacabana, Río de Janeiro.
Estaba reducido a escombros pero tenía su charme. Era lo que me alcanzaba para comprar con mis economías de garoto de 18 años y una licencia recién aprobada… El tiempo pasó, le vendí el auto a un vecino que luego se lo pasó a otro vecino, el Sr. Sinfrônio, un veterano de guerra de la Força Expedicionária Brasileira, que fue a Italia a luchar contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial.
Por algún tiempo seguí acompañando la lenta decadencia del Notchback, que continuaba durmiendo en la calle Edmundo Lins. Abollado, con las ópticas rotas, la suspensión en riesgo de default… La última vez que lo había visto estaba chocado de frente, y listo para ser entregado al chatarrero.
Y así pasaron más de 20 años. En ese tiempo, cada tanto me cruzaba con los otros dos Notchback de Rio. El verde, impecable (del coleccionista Sergio Fortes), y el rojo y blanco, muy estropeado, de una muchacha del barrio de Santa Teresa. Al azulito finalmente le perdí el rastro, probablemente tragado, imaginaba, por algún alto horno de Volta Redonda, el área donde se ubican en el interior fluminense.
Hasta que, el domingo pasado, tuve frente a frente a un Notchback rojo y blanco, todo reciclado, en el encuentro de autos antiguos de São Cristóvão. Impresionado por su estado actual me acerqué al dueño para comentar el tema:
– Felicitaciones. Juraba que ese Notchback de Santa Teresa ya no tenía salvación. Lo conseguiste!
A lo que el sujeto me respondió:
– Pero este auto no es el de Santa Teresa. Lo compré en Copacabana hace mil años. Era azul.
A lo largo de la charla que continuó, todos los detalles coincidían: el Sr. Sinfrônio, el golpe de frente, una antigua adaptación de motor con «ventoinha alta» (en lugar del ventilador en disposición plana, original de las Variant y los Notchback)…
Y ahí está: mi primer auto, que imaginaba destruido, todavía existe. Muchas cosas ya no son las originales, la patente cambió, la pintura dejó de ser azul, pero «mi» viejo Notchback está bastante saludable para sus 49 años de vida. Fue como reencontrarse con un pariente que no veía hace mucho tiempo.

