El dolor de ya no ser

El reciente Gran Premio del ACA tuvo como punto de salida y de llegada a Luján. Invadida entonces por partida doble por más de 300 autos participantes entre turismos estándar y cupecitas de TC, la ciudad volvió por un momento a respirar el encantador aroma de los autos históricos. Para Luján eso no es nada […]

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El reciente Gran Premio del ACA tuvo como punto de salida y de llegada a Luján. Invadida entonces por partida doble por más de 300 autos participantes entre turismos estándar y cupecitas de TC, la ciudad volvió por un momento a respirar el encantador aroma de los autos históricos.

Para Luján eso no es nada nuevo, ya que hubo un tiempo en que sus museos albergaban algunos autos exquisitos cobijados bajo los salones coloniales del Complejo Museográfico Enrique Udaondo.

La historia la podrán contar mejor quienes la vivieron, pero parece que Luján tuvo el primer Museo del Automóvil, ya que a comienzos de los años setenta en una nota publicada originalmente en la revista Corsa y reseñada recientemente en el libro Viven Aquí, Enrique Sánchez Ortega cuenta que algunos autos del Automóvil Club Argentino se exponían en el Museo del Transporte, a metros de la tradicional basílica.

A fines del siglo pasado tuve la oportunidad de visitar el Museo del Automóvil de Luján, dependiente del Museo del Transporte. Y hace unos días y en ocasión del Gran Premio me volví a dar una vuelta por allí para constatar que el espacio de transportes en general sigue allí, pero del de autos nada (o muy poco) queda.

Pagué la entrada al Museo del Transporte (un peso) y todo está como entonces. El Plus Ultra que hizo el vuelo trasatlántico, la locomotora a vapor “La Porteñita”, el LEHG, el barco a vela que dio la vuelta al mundo en manos del navegante solitario Vito Dumas, buenos carruajes y un par de bicicletas de aventureros argentinos que sobrevivieron a viajes transcontinentales. Esto y algo más, pero de autos ná de ná.

Entonces le pregunté a una funcionaria del museo por los benditos autos y me respondió que hacía ya más de ocho años que ese espacio estaba cerrado y que los autos ya habían sido devueltos a cada uno de sus propietarios.

Recordé que allí ví por primera vez en mi vida un ISO Rivolta, perteneciente al club CADEAA de Lomas de Zamora, que alguna vez proveía de autos para exhibir al museo, y fui en busca de por lo menos sus fantasmas, cruzando la calle desde el Museo del Transporte. Con las ventanas y puertas absolutamente tapiadas fue imposible divisar algún tesoro en su interior y los únicos hitos de un pasado más glorioso eran un cartel junto a los arcos y un pobre camión Ford 1936 abandonado a la intemperie, en los jardines que dan al Río Luján.

A la ciudad la encontré mucho más linda, con una Plaza Belgrano renovada y más limpia en todo sentido. Pero nada le devolverá el encanto que tenía cuando allí se valoraba la historia y lo que representa para la sociedad el mayor invento industrial de nuestros tiempos.

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