Veinte años no es nada
Una tarde de frío, con viento filoso y cielo enfermo de incontinencias, me refugié en internet. “Webeando” ,como cualquier humano tuerca occidental en pleno ataque de aburrimiento, abrí los sitios de referencia de “Car Design” para chusmear las novedades. De repente me asaltó la imagen del último concept Car de Renault, el DeZIr… En ese […]
Una tarde de frío, con viento filoso y cielo enfermo de incontinencias, me refugié en internet. “Webeando” ,como cualquier humano tuerca occidental en pleno ataque de aburrimiento, abrí los sitios de referencia de “Car Design” para chusmear las novedades. De repente me asaltó la imagen del último concept Car de Renault, el DeZIr… En ese instante miles de flashes, luces y recuerdos comenzaron a carcomer las paredes de mi cabeza retumbando y pidiendo a gritos que los escuchen.
Inmediatamente asocié la imagen del DeZir con la del concept Car Laguna de 1990 (quizás por lo redondeado de sus formas), y al ponerlos uno frente a otro, el noble Laguna, ya con veinte Abriles a cuestas, resulta un objeto en muchos puntos similar y hasta en algún aspecto más osado y moderno que el DeZir. Es como si con la ida de Patrick Le Quément, se hubieran borrado de un plumazo veinte años de investigación, búsqueda de identidad y éxitos a la hora de contar y comunicar lo bueno de la marca con su inconfundible personalidad.
Recuerdo que luego del Laguna concept car, apareció en 1993 el Argos y a partir de allí ya nada fue igual: Renuncia a las formas redondeadas y exploración de nuevos lenguajes, reflotando una identidad controvertida, pero indudablemente francesa. Eran los años noventa, y como estudiantes de diseño, todos queríamos dibujar igual que en Renault. Todos queríamos diseñar “Initiales”, venerábamos el “Vel Satis”, el «Avantime” y cada evolución de ese excéntrico modo de interpretar la vida francesa en un objeto como lo es el automóvil.
Sin caer en el tramposo juego de “más lindo o más feo”, no se puede negar que más allá de gustos personales, a nadie se le escapaba que un Renault tenía proporciones y volúmenes que lo distinguían de la competencia.
Sus concept Cars por años fueron en centro de atención de cada salón de Ginebra, y todos nos parábamos al borde de la gran escalera esperando la ceremonia del destape, para acompañarla con un “Uuuhhhhh”… Pasaron dos décadas de predicar al mundo una forma de ver las cosas, y de un momento a otro, se vuelve al lenguaje precedente a aquellos años, pero con mucha agua pasada bajo el puente… ”. No es esto un juicio de valor sobre la capacidad de los diseñadores, sencillamente es un frío análisis de cómo la dirigencia emplea en una dirección inédita el enorme talento de sus creativos.
Sin meternos en terrenos escabrosos, pero si siendo lo suficientemente objetivos como parta afirmar que quien se compra un auto francés se está también comprando un pedacito de Francia, el desafío del nuevo jefe de diseño, el holandés Van Der Acker, será sin duda encontrar una identidad propia pero que al mismo tiempo seduzca al mayor número posible de potenciales clientes, sin caer en un insípido “Dejá Vu”.
Tan sutil pero al mismo tiempo tan profundo cambio de pensamiento nos deja expectantes. Sería triste perder uno de los cántaros de ideas más emblemáticos que la industria del automóvil haya visto en las últimas décadas, por eso mantenemos la esperanza de ver una vuelta de Renault a las primeros planos del diseño, lugar que por años supo ganarse a fuerza de grandes obras. Para quienes manejan la sala de los botones de la empresa, una última reflexión: Renault es popular por ser diferente y no diferente por ser popular.







