¡Qué bote!
La del título es la expresión que seguramente viene a la mente del casual observador de una masa de hierro del tamaño desmesurado de este Pontiac Chieftain convertible del 50. El auto correcto en el aeropuerto equivocado. Me lo encontré en el nuevo aeropuerto internacional de Carrasco; su lugar natural hubiera sido sólo a unos […]
La del título es la expresión que seguramente viene a la mente del casual observador de una masa de hierro del tamaño desmesurado de este Pontiac Chieftain convertible del 50.
El auto correcto en el aeropuerto equivocado. Me lo encontré en el nuevo aeropuerto internacional de Carrasco; su lugar natural hubiera sido sólo a unos metros, en el estacionamiento del antiguo aeropuerto, donde las fotos hubieran tenido de fondo algún avión con unas cuantas hélices.
Los uruguayos tenemos la rara costumbre de llevar y buscar a parientes y amigos cuando viajan, raro pero cierto. En oportunidad de dar fiel cumplimiento a este rito me tocó estacionar frente a este lindo ejemplar.
¿Lindo para qué? Para mirarlo seguro. Para recorrer la rambla de Colonia también y para hacer la ruta 21 hasta Carmelo seguro.
Su estado general tiene un buen lejos; acercarse por un lado desilusiona y por otro impresiona. Si bien esta bastante completo las llantas que hoy luce son una tragedia. Un convertible con enganche para chinchorro ofende y la triste sospecha de que su palanca al piso delata un motor diesel nos hace hervir la sangre. Lo del volante tiene arreglo y hasta sería buen pasatiempo ir de shopping de desarmadero en desarmadero hasta encontrar el correcto.
Lo que nos hace que valga la pena caminar hasta él son su diseño y los detalles. La proa para rodeo, impone respeto, dice «guarda que vengo». Y ahí tres detalles que están muy bien logrados. Sobre la careta una vista lateral de una cabeza que más que la de un habitante originario parece sacada de un superhéroe de historieta. El morro es rematado ahora sí por un indio bravo y serio muy bien logrado. Por último los aros de los faros son realmente lindos.
En la popa se ve un agradable dúo de luces circulares enmarcadas por un falso paragolpes que resaltan el conjunto.
A pesar de la amenaza de lluvias la capota baja nos permite mirar los detalles del interior. El tablero está como para exhibirlo en el living. El reloj embutido en el parlante de la radio es un delirio bien interesante. La silla para el bebe nos hace pensar en el afortunado futuro entusiasta de los clásicos.
¡Lindo bote para navegar en verano!










