Lo que el viento se llevó

-“No te hagas problema papá, yo te presto mi Bora”- Y a Luis se le retorcieron las tripas. Sonrió para ocultar que estaba apretando los dientes. Se sintió incómodo. Hasta ridículo. Tanto predicar para que en el seno mismo de su familia hubiera un rebelde, un hereje, un insurrecto, un moderno. Inés ni en cien […]

-“No te hagas problema papá, yo te presto mi Bora”-

Y a Luis se le retorcieron las tripas. Sonrió para ocultar que estaba apretando los dientes. Se sintió incómodo. Hasta ridículo. Tanto predicar para que en el seno mismo de su familia hubiera un rebelde, un hereje, un insurrecto, un moderno.
Inés ni en cien años se hubiera dado cuenta del sutil duelo. Sólo le interesaban los anillos de diseño italiano que se sortearían más tarde.

Luis, un templario de la ampolleta, quedó así mirando el reloj enemigo con nombre de viento. En su romántica idea del automovilismo este aparatito de horrendo formato no tenía lugar. Lo único bueno que hacía era que le hablaba en italiano. ¿Dónde había quedado el espíritu aventurero de las carreras? ¿El desafío de la imprecisión, la anécdota de lo imprevisto? ¿El coro de bips, el zamba de relojes abordo, los “copilotos-arbolito de Navidad”? ¿Qué era una carrera sino todo eso?

Luís trató de apartar todos esos pensamientos y dócilmente se entregó a la escueta explicación sobre manejo del reloj que le brindó su hijo. Otra no le quedaba: había olvidado todos sus Ghibli en un bolso en casa. “Cuando pases por una bandera roja apretá el pulsador”, fue la indicación del hijo a su madre. A Inés le brillaron los ojos. Si Luis era un templario de la ampolleta, Inés era la Juana de Arco de las carreras de regularidad. Lo había visto casi todo: desde el Casio progresivo, pasando por el reloj pulsera para los controles horarios, sin olvidar la aparición de los regresivos programables (oh! Qué bendición! Pensó en aquel momento), luego los Ghibli y por último los Mistral. Inés era de la escuela de las que se salía más de medio cuerpo afuera del auto y gritaba a todo pulmón un inductor “top” para quien cumplía la función fiscalizadora a unos metros de allí. Era también de las que saltaba el alambrado en busca del arbustito perfecto. ¡Cuántas veces se le complicó en la mezquina estepa patagónica! Inés tenía demasiadas carreras corridas.

Para este Raduno Classiche Luis había decidido ir con su Lancia B20 que tanto placer le daba manejar. Le corrió un escalofrío por el cuerpo el sólo hecho de pensar que alguien pudiera clavarle un reloj al elegante tablero de su auto. Eso lo apartaba de la película que corría en su imaginación cada vez que encendía el motor, cuyos actores eran nada menos que Fangio, Villoresi, Ascari y él.

Estaba todo listo para transitar las pruebas: Bora en mano, mirada al frente, mirillas calibradas, pulsador con Inés. Y allá fueron…

Inés quedó fascinada. No tanto por la performance de su marido, que le pareció un detalle sin demasiada importancia, sino más bien por cómo ese aparatito sin gracia alguna podía liberarla de tantos males padecidos por tanto tiempo.

“Pip, pip, pip: así de fácil”, ilustró Inés a sus compañeras de carrera de toda la vida. No más relojes que se paraban por un golpe, ni recordar secuencias de pruebas, ni programar circuitos, ni perder relojes dentro del auto y ni hablar de contar para atrás mientras veía pasar los números para adelante. El futuro era hoy.

Luis sintió que se desmoronaba su imperio. Aunque aún tenía un as en la manga. ¿Sabría Inés cuánto salía un Bora? ¿Sabría que ese feo aparatito era más que un día entero de shopping descontrolado? Luis analizó el potencial de su arma secreta y finalmente llegó a la conclusión de que ese argumento no le serviría. Era un arma de doble filo. “¿Para qué introducirla a Inés en el mundo del cuánto cuesta el automovilismo? A ver si todavía tenía que dar explicaciones si se compraba un Holley doble boca”, reflexionó.

Su talón de Aquiles estaba al desnudo, el enemigo lo había tomado por la retaguardia. Inés no volvería a los polvorientos Ghibli por nada. Su suerte estaba echada. Sólo le quedaba esperar la clemencia de quienes saben lo cierto que resulta el fragmento del poema de William R. Wallace “For the hand that rocks the cradle Is the hand that rules the World”.

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