Hernán Charalambopoulos – Perfil

Creo que mi historia con los autos comienza mucho antes de tener uso de razón. Fue siempre algo natural para mí interactuar y establecer diálogos imaginarios con estas fascinantes esculturas de lata, que desde muy chico me cautivaban con sus formas. Para mí las trompas siempre fueron rostros, que tenían ojos, boca, y hasta a veces, […]


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Creo que mi historia con los autos comienza mucho antes de tener uso de razón. Fue siempre algo natural para mí interactuar y establecer diálogos imaginarios con estas fascinantes esculturas de lata, que desde muy chico me cautivaban con sus formas. Para mí las trompas siempre fueron rostros, que tenían ojos, boca, y hasta a veces, nariz. Recuerdo la imagen en la sala de cuatro años del jardín de infantes sentado en el piso con las piernas extendidas, y con diferentes movimientos de pies, explicarle a mis compañeros el recorrido de los limpiaparabrisas de los distintos modelos, ej: el Fiat 1500 movimiento circular de adentro hacia afuera. Chevy, los dos a un mismo ritmo y dirección, aunque separados, Mercedes 350 SLC, juntitos y hacia el mismo lado…Mientras mis amigos se tiraban bajo una escalera a mirar las chicas que subían en falda para curiosear sus partes, a mi me encantaba (y me sigue gustando) quedarme parado al lado de un camión mosquito espiando los autos desde abajo.

A los nueve, durante mis años vividos en Grecia, en donde mi universo explotó y conocí autos increíbles, decidí que quería ser diseñador de autos en Italia, cosa que tuve la suerte de lograr mucho tiempo después, no sin antes dedicar cuatro años de mi existencia al estudio de Medicina.

Me considero afortunado por haber hecho lo que siempre soñé y agradezco a los autos haberme permitido recorrer el mundo, conocido lugares, culturas inimaginables, y por sobre todas las cosas, haberme dado grandes amigos.

Junto a dos de ellos, hoy nos embarcamos en la experiencia de divulgar esta maravillosa relación que nos une a los autos clásicos, con el objetivo de acercarnos a más gente y sobre todas las cosas, seguir coleccionando cómplices a la hora de disfrutar una buena copa de vino hablando de autos, mientras respiramos los vapores de algún motor que se resiste a pasar a mejor vida.

A fin de cuentas, ¿Hay algo mejor que eso?

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