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Adorables cachilas charrúas

Por Hernán Charalambopoulos

Enclavado a metros de la Av. 18 de julio, y surcando el cansino centro montevideano en su lánguido despertar de domingo, el mercado de Tristán Narvaja es un punto obligado para quienes disfrutamos de este tipo de ritual matinal en cada ciudad que desembarcamos. La procesión se aculebra por varias cuadras, retorciéndose en ciertas esquinas para tomar ramificaciones que alivian un poco la congestión, creando algo de circulación colateral para las taponadas arterias centrales que irrigan y dan vida a la colorida cita de cada domingo.

Cachivaches al por mayor, y comida rápida de dudosa factura, como en todo mercado que se precie de tal, enmarcan en parte la zona interesante compuesta por libros de toda especie y una inusual cantidad de discos viejos, para los melómanos retro, que encontrarán de todo y más en esos negros platos de vinilo que tanto adoramos en nuestros primeros años de fans, antes de pasar al cidí.


Lo que estaba buscando era sin dudas viejas catraminas transportadores de mercancías, y vaya si las encontré. Luego de toparme con el rey del óxido, imaginé notas más coloridas y digeribles para la platea, que valorará el colorido único de este mercado que le dan sus simpáticas cachilas y que lo distingue entre las ferias pulgueras de la región.

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