¡Al balcón! ¡Al balcón!
La relación entre el automóvil y la arquitectura es un viaje de ida. Y de vuelta. Hay numerosos casos de arquitectos devenidos diseñadores (Walter Gropius por ejemplo), o constructores, o incluso las dos cosas (en Argentina, Rodolfo Iriarte y sus creaciones vintage dan fe de ello). También muchos diseñadores de autos consiguieron trasladar patrones de […]
La relación entre el automóvil y la arquitectura es un viaje de ida. Y de vuelta.
Hay numerosos casos de arquitectos devenidos diseñadores (Walter Gropius por ejemplo), o constructores, o incluso las dos cosas (en Argentina, Rodolfo Iriarte y sus creaciones vintage dan fe de ello).
También muchos diseñadores de autos consiguieron trasladar patrones de movimientos arquitectónicos y de estilo como el art decó o el racionalismo para diseñar exteriores e interiores de autos que hoy admiramos.
Todo muy bonito por el Primer Mundo, pero aterrizando a nuestra realidad y creatividad mestiza y latinoamericana es fascinante ver como el talento desarrollado durante siglos para la construcción edilicia deviene ahora en solución perfecta para el arte de la manufactura artesanal de vehículos de carga.
Volvemos atrás varias páginas en los manuales de historia, a repasar los tiempos de dominación española. En esos años las casas virreinales de las ciudades donde se cortaba el bacalao mostraban la opulencia de las poderosas familias que las habitaban.
En ciudades como Lima o Quito, las grandes mansiones estaban coronadas por balcones que traían también las influencias arquitectónicas del momento al otro lado del mundo, y así se los puede encontrar aun hoy, moriscos, góticos, churriguerescos…
En Trujillo, 560 km al norte de Lima, también abundan los balcones en las casas históricas, pero de construcción un poco menos pretenciosa que los de la capital peruana.
Allí, en lugar de echar la casa por la ventana parece ser que a los que echaron fueron a los balcones de las casas y estos encontraron sitio sobre los chasis de los camiones, para convertirse en las cabinas donde los choferes continuan la loable tarea para la que suponemos que fueron concebidos los balcones, que no es otra que la de piropear a toda mujer que ose cruzarse ante la mirada de los balconeantes.
En todos los casos, las cabinas se ensanchan hasta los límites de la caja de carga, por lo que conductor y acompañante flotan en otro espacio, mucho mayor, aunque los asientos, emplazados en sus lugares originales quedan lejos de las ventanas laterales y el acceso a ellos requiere de unos movimientos acrobáticos improbables para conductores que suelen quedar tiesos después de las acostumbradas bacanales del mediodía que acompañan el alto en el camino.
Camiones con “balcón” de madera también se pueden encontrar en Colombia, en Ecuador y en Perú, la mayoría de las veces formando parte de carrocerías completas hechas en madera para transportar pasajeros, mejor conocidas como Chivas o Rancheras. Este Ford en particular circulaba por la Panamericana, por los escasos valles fértiles que cortan la desértica franja costera del norte peruano, con sus plantaciones dominadas por la caña de azúcar.
“Setenta balcones hay en esta casa, setenta balcones y ninguna flor. Setenta balcones hay en esta ruta, setenta balcones y alguno es Ford…” (…versión libre del poema de Baldomero Fernández Moreno).






