Cuarenta años en cautiverio

La leyenda circulaba por internet: un mineiro compró un Chevrolet Impala 0 km para impresionar a una señorita, pero ella lo desairó y el rencor lo llevó a dejar el auto cerrado desde los años sesenta. Según los chismes, el Impala había sido retirado recientemente de su garage y la heredera del propietario habría rechazado […]

La leyenda circulaba por internet: un mineiro compró un Chevrolet Impala 0 km para impresionar a una señorita, pero ella lo desairó y el rencor lo llevó a dejar el auto cerrado desde los años sesenta.

Según los chismes, el Impala había sido retirado recientemente de su garage y la heredera del propietario habría rechazado ofertas de entre R$ 80 mil e R$ 100 mil (46.000 y 58.000 dólares) por él.

Resolvimos husmear en la historia para ver que tanto había de cierto en este caso cibernético. Todo comenzó por la lista telefónica de la ciudad de Ituiutaba, en el interior de Minas Gerais, a 685 kilómetros de Belo Horizonte. Alguien entre sus 96.122 habitantes tenía que ayudarnos…

Luego de la primera llamada, una pista. Para la segunda, la suerte era grande: al otro lado de la línea estaba uno de los personajes de esta historia, la hija única de Hélio Alves Guimarães, el dueño original del Impala.

Mineiramente reservada y muy asustada con la fama que el Impala ganó en las últimas semanas, ella fue revelando la historia de su padre, pero con una condición: «por favor, no pongan mi nombre en la nota”. De ahora en adelante vamos a llamarla “la hija de Hélio”.

Ya en el comienzo de la charla ella confirma parte de la historia: “Realmente el carro permaneció cerrado por más de 40 años, pero no se si a raíz de esa historia pasional. Entiendo que no fue por esa causa”, y sigue contando la historia de su padre, nacido en 1921. “Era un hombre muy correcto, trabajador e inteligente. De origen humilde, estudió por su cuenta y fundó la Radio Platina, aquí en la ciudad”, afirma.

Ya en sus cuarentas, Hélio era un comerciante exitoso, lo suficiente para poder comprar un Chevrolet Impala hardtop cupé, recien llegado a los concesionarios.
Este carro norteamericano llegó de la agencia Jorlan, en la ciudad de Goiania (Ituiutaba
está en el límite con el estado de Goias).

De color rojo brillante, su porte era llamativo. Bajo el capot, sin embargo, vive un modesto motor 230 (3.8 litros) de seis cilindros y 140 caballos brutos, en lugar del potente V8 preferido por los clientes en EE.UU. ¿Cambios? Caja manual de tres marchas, con comando en la columna. Es bueno recordar que en aquella época, la legislación en Brasil restringía el valor máximo de un carro para su importación; de allí esa simpleza mecánica.

“Recuerdo haber dado apenas una vueltita en este carro, con mi madre, cuando tenía unos seis o siete años”, confiesa la hija de Hélio. Haciendo las cuentas concluímos que este paseo sucedió en 1964 o 1965. Después de eso el próspero comerciante no lo quiso usar más. “Lo que a él le gustaba era andar en el Simca o en su Fusca (Escarabajo)”, explica.

Los «Fusquinhas» eran los vehículos más prácticos para el uso diario y así el Impala se quedó hibernando en un estrecho garage contiguo al dormitorio Hélio. “Mi papá nunca tuvo el hábito de vender los autos. Se quedaban con nosotros hasta que ya no servían más”.

En julio pasado, a los 88 años, Hélio tuvo neumonía y murió. Su hija comenzó a reformar los inmuebles heredados y no pensaba en preocuparse por el carro, que estaba con sus cuatro gomas completamente por el suelo, tan pronto.

Dos semanas atrás, sin embargo, el albañil dio el alerta: el techo se venía abajo. El Impala tenía que salir a la calle de inmediato.
Fue preciso destrabar la cortina metálica del garaje y levantarla con un gato. Allí, después de sacar cantidades de polvo, la sorpresa: el Impala estaba perfecto y con apenas 34.499 km rodados.

Se parece a una cápsula del tiempo. Tiene los stickers de la concesionaria, los sellos de motor originales, los tapizados completos, los cromados relucientes, el extinguidor de época y hasta las placas del tipo que se usaron en Brasil hasta el año 1971.

Absolutamente lisa, la lata nunca le vio la cara a un chapista y la pintura es la de fábrica. Un mecánico pondrá a funcionar su motor pronto. Los neumáticos fueron inflados, pero perdieron el aire pronto.

¿Qué hacer con esta belleza jamás reformada? “Por ahora no quiero hacer nada. La muerte de mi padre todavía es muy reciente”, afirma la hija, que como buena mineira, sin hacer mucho ruido, ya guardó el Impala en otro garaje.

Traducción: D.S.

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