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A donde vamos, no necesitamos estacionamiento: Classic DMC

Por Lucas Marándola

Hay algo irónico en peregrinar miles de kilómetros para terminar en un estacionamiento. Florida suele asociarse al calor agobiante, a las palmeras de plástico y a los turistas en bermudas flúor que saturan los parques.

Pero con mi papá, en una de esas clásicas desviadas «de pasada» que estiran los viajes, el mapa apuntaba hacia otro lado: Classic DMC, el santuario oficial del Satellite Boulevard, donde supuestamente resucitan los sueños delirantes de John Zachary DeLorean.

El destino también tiene sus mañas. Después de intercambiar unos cuantos correos y conseguir los permisos correspondientes, pudimos pasar el alambrado y recorrer las instalaciones.

Al taller, eso sí, no llegamos. ¿El motivo? Los muchachos estaban almorzando. No hay máquina del tiempo que valga cuando al mecánico le ruge la panza.

A disfrutar, entonces. En el playón descansaba una flota de DMC-12, alineados prolijamente como en una concesionaria. Verlos así, en manada y despojados de toda la magia hollywoodense que los hizo famosos, tiene su gracia. De golpe, dejan de ser los autos que viajan por el tiempo y vuelven a ser lo que siempre fueron: diseños de Giorgetto Giugiaro, ensamblados a los ponchazos por obreros norirlandeses y movidos por un delgadísimo V6 PRV.

Sin embargo, algo queda de aquel futuro prometedor que imaginaba DeLorean. Hay un magnetismo difícil de explicar en esas carrocerías de acero inoxidable, que siguen llamando la atención como si acabaran de llegar de otro planeta. Allí estaban esperando su turno para pasar por el mejor quirófano que podían tener.

Vistos todos juntos, uno pensaría que son un ejército de clones. Pero cada DeLorean tiene sus particularidades, y algunas permiten adivinar su año de nacimiento sin demasiado esfuerzo. Basta con mirar los capós. Los primeros ejemplares de 1981, hoy entre los más buscados, llevaban acanaladuras longitudinales y una pequeña tapa de carga de combustible a un costado. Una solución bastante poco práctica que seguramente les habrá complicado la vida a más de un playero.

Poco después, durante ese mismo año, la tapita desapareció. Para fines de 1981, el capó ya era completamente liso, una configuración que se mantuvo hasta el cierre de la fábrica. Menos complicaciones, menos piezas y, seguramente, algún billetín ahorrado en el camino. Sutilezas.

¿Y cómo llegaron todos estos autos hasta acá? Después del derrumbe de la empresa en 1982, con la fábrica norirlandesa hundiéndose entre la bancarrota, el escándalo de los maletines con cocaína y las tensiones políticas de la época, miles de propietarios quedaron a la deriva. Los concesionarios se desentendían de las garantías como si el auto fuera contagioso, mientras las matrices y los repuestos terminaban juntando polvo en un galpón de Ohio.

Fue entonces cuando apareció Stephen Wynne, un inglés radicado en California que decidió hacerse cargo de aquella empresa huérfana. Acostumbrado a renegar con piezas de Renault, no tardó en reconocer al viejo conocido que se escondía bajo el capot del DMC-12: el tren motriz franco-sueco desarrollado por Peugeot, Renault y Volvo. El traje espacial era nuevo, pero la mecánica le resultaba familiar.

Wynne fundó DeLorean One, compró el inventario y los derechos de la marca y puso en marcha un negocio dedicado a luchar contra la entropía. Con el tiempo, reunió en Texas más de tres millones de piezas originales sin uso.

La cuestión es que yo no estaba en la casa matriz, sino en la sucursal de Florida, obra de Tony Ierardi. Abrió sus puertas en 2004, y fue la última franquicia inaugurada mientras John DeLorean todavía andaba por este mundo.

En estas mismas instalaciones, no solo revivieron al Lamborghini Countach original de The Cannonball Run, sino que también trabajaron sobre algunas de las piezas más importantes de la historia de DMC: el prototipo original, conocido como Proto 1; el rabioso Twin Turbo; el último DeLorean salido de fábrica e incluso el ejemplar que supo castigar Ace Frehley, guitarrista de Kiss.

Ahí estaban, cocinándose a fuego lento. Al carecer de pintura, el paso del tiempo en un DeLorean se lee en otras texturas. Las fascias de uretano, tanto adelante como atrás, suelen delatar sus años con un tono grisáceo, poroso y reseco, como piel castigada por el sol.

Aun así, la mayoría de los ejemplares se veía muy bien cuidada. Ese plástico ajado, con su desgaste a la vista, contrastaba con los paneles de acero inoxidable cepillado que, pese a las décadas transcurridas, al igual que la empresa, seguían sin una sola cana.

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