Vientos de cambio en el TC

No se asusten, fue hace mucho tiempo… La década del sesenta fue la única que, en su rutilante historia, hizo que las cosas en el TC mutasen radicalmente. Entre los nuevos y prototípicos autos surgidos de aquella revolución, emergió el Trueno Naranja, que en versiones deportiva y lúdica, habré de analizar brevemente en estas líneas.  […]

No se asusten, fue hace mucho tiempo…

La década del sesenta fue la única que, en su rutilante historia, hizo que las cosas en el TC mutasen radicalmente.

Entre los nuevos y prototípicos autos surgidos de aquella revolución, emergió el Trueno Naranja, que en versiones deportiva y lúdica, habré de analizar brevemente en estas líneas. 

Nacido de las cenizas de los Prototipos Ford F-100, concebidos para el equipo oficial Ford por Horacio Steven, el Trueno Naranja ganó el campeonato de la especialidad en 1968, con el santafecino Carlos Alberto Pairetti al volante.

“¿Cómo? ¿Pairetti no es de Arrecifes?”. Nacido en el pueblo de Clucellas, en la provincia de Santa Fe, se traslado de muy pequeño a Arrecifes, “Cuna de Campeones”, de donde es considerado nativo.

Volvamos al auto. Construido por la firma Competición S.A., empresa cuyo titular era Horacio Steven, se utilizó en su construcción piezas de los F-100 accidentados en 1967 (Oscar Cabalén en San Nicolás, y Atilio Viale del Carril en Buenos Aires). Quien convenció a Steven de este proyecto fue el propio Pairetti, que había padecido el año anterior con su Barracuda–Chevrolet a los implacables Torino.

Si doña Rosa, era un For con Motor Chevrolé…

El diseño de la carrocería, modificaciones en el chasis y diseño de las suspensiones fue obra de Pedro Campo.

Las reformas en el vehículo se centraron en reforzar el chasis -en origen de Ford T- en determinados puntos claves, y poder distribuir y utilizar el peso mínimo al cual debía llegar el auto por reglamento, logrando una mejor tenida. La trocha trasera fue ensanchada, y la carrocería rematada en la famosa “cola de pato”, muy en boga en aquel entonces.

La trompa, de perfil muy bajo, debió llevar un amplio buche para poder alojar los carburadores verticales que alimentarían el potente motor. A diferencia del Prototipo Ford, el Trueno Naranja no llevaba faros en la parte delantera, lo que hizo más perfilado aún su frente. Algo que seguramente ayudó en mejorar el grip, fue la necesidad reglamentaria de llevar el chasis de 2.54 a 2.60 metros entre ejes.

 

La mecánica estaba a cargo de la Comisión de Concesionarios Chevrolet, y la dirección de esta tarea fue encomendada al ingeniero Ricardo Joseph.

En sí, el block era standard, un “250” de 6 cilindros con 7 bancadas de apoyo. La cilindrada original de 4.097 se alesó hasta llegar al tope reglamentario de 4.000 c.c. La gran ventaja de este motor estaba en su peso: 210 kilos y las 7 bancadas de apoyatura del cigüeñal, que le otorgaban más vueltas, llegando a erogar unos 300 caballos a 6.200 vueltas, el doble de lo que traía de fábrica.

Mientras el auto mantenía el cigüeñal original, las bielas y la tapa de cilindros habían sido diseñadas especialmente por Joseph, y utilizaba pistones, pernos, espárragos y válvulas especiales y con tratamiento a su vez especial, antimagnético e inoxidable. El motor se alimentaba con carburadores verticales Weber IDA 48mm, y tenía una caja tipo ZF de 4 marchas.

De agraciadas líneas, fue bautizado Trueno Naranja por José Tomás Onetto, periodista del diario Clarín. ¿El color? Una vez que el auto estuvo terminado, había que pintarlo urgente. Según cuenta Pairetti, eran algo así como las dos de la mañana, y en el taller donde estaba el bólido quedaban 3 litros de pintura: amarilla, blanca y roja; esta mezcla dio el color final que decoró al nuevo TC.

Aquel campeonato de 1968 fue dominado por Carlos Alberto Pairetti, un piloto vehemente, rápido y muy inteligente, que en 1963 y disputando en Italia una prueba de F3 con el equipo Automundo, la afición italiana bautizó como “Il Matto” (el loco), por su estilo de manejo.

De la pista a la vitrina

Pasemos a la parte lúdica. Uno de los primeros Trueno de juguete fue el ofrecido por la firma Duravit. Hecho en esa clásica mezcla de goma y amianto hacia fines de los años sesenta, fue una excelente reproducción del auto real, de la que aún no poseo ejemplar alguno.

Hay publicidades de época que lo muestran junto al “Torino Pachamama”, siendo ambos de los primeros modelos de la hoy famosa Duravit. La escala era grande, algo así como 1/10.

Ahora bien, la firma de juguetes Tío Marcelo copió a Duravit, y de esa marca sí pude recuperar un ejemplar, cuyas fotos pueden verse en este informe. El nivel de reproducción también es muy bueno, y Tío Marcelo ofreció luego, también en escala 1/10 el “Chevitres”, un incunable…

Correcto, el de las fotos fue repintado y algo restaurado, ya que estaba en lapidario estado cuando lo compré; quedó bastante bien, y hoy se exhibe en mi vitrina “teshe” junto al aludido “Torino Pachamama” o la Liebre II de Duravit.

Otra interesante variante, siempre hablando de juguetes, es la ofrecida por Zonda Sport, en escala 1/32. De factura en metal y con accesorios en plástico, la caja muestra varios dibujos del auto, que está presentado con calcos al agua, algo muy usado en aquella época. Zonda Sport tiene de esta misma serie el Chevitres, la Liebre II, el Chelco y un Porsche 917, con algunos cambios de colores.

El Trueno Naranja abrió junto a otros el camino que derivaría en la maravillosa categoría de los Sport Prototipo Nacionales; harina de otro costal.

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