Coca-Col de Turini
10 de junio. Las cosas están extrañamente calmas. Me escapo en puntas de pie del trabajo y llego a casa con el objetivo de convencer a los infieles de rumbear hacia el oeste para Le Mans, que calculo me tomaría unas cuatro horas de ruta. Cualquier familia sensata pensaría que es un buen plan, ¿no? […]
10 de junio. Las cosas están extrañamente calmas. Me escapo en puntas de pie del trabajo y llego a casa con el objetivo de convencer a los infieles de rumbear hacia el oeste para Le Mans, que calculo me tomaría unas cuatro horas de ruta. Cualquier familia sensata pensaría que es un buen plan, ¿no?
Embarcamos en la X-onga pero los planes no salen como los esperaba. Mis pocas neuronas tratan de pergeñar un plan B. Arrancamos para el sur. Puedo todavía salvar la ropa y realizar un sueño de más de cuarenta años. Me inspira una cita de Saint-Exupéry: «antes de mostrarle los planos y negociar el salario con los carpinteros que construirán tu barco, háblales de mares lejanos y de playas hermosas».
Les empiezo a hablar del Parque Nacional del Mercantour, de la belleza de los Alpes marítimos, de cómo se aprecia mejor desde arriba el color azul del mar «azzurro». Hasta menciono el Col de Turini y nadie siquiera pregunta qué es. ¡Sacrílegos!
En fin, enrosco la víbora lo suficiente como para pasar un día alejados de la playa y explorar por ahí arriba. ¡El tour de X-onga! 5 pasajeros, transmisión continuamente variable (nada de rebajes, doble embrague ni punta ni tacos), 110 raquíticos caballos de combustión interna ciclo Atkinson más 40 kW de un motor eléctrico que, como el pinche limpiaparabrisas, arranca cuando él decide.
La única «ventaja» son los frenos reostáticos infatigables. Como decía Sean Connery: «Voy a un tiroteo armado con un cuchillo». No importa. Cuando veo el primer cartel de ruta que dice «Col de Turini 27 km» es como si, finalmente, después de tantas poluciones adolescentes, la Coca Sarli comenzara a desprenderse su generoso escote para mi sólo. Con la diferencia que las piedras no envejecen.
El camino no tiene desperdicio. Nunca más de 70 metros entre una curva cerradísima y la próxima. Cero tráfico. Veo con envidia huellas frescas de goma blanda quemada por la fricción sobre el pavimento añejo, abriéndose hacia el borde de la barranca, despareciendo luego en la zambullida hacia la cuerda. El «guarda rail» es un cordón de bloques de granito de 30 cm de altura. En el poco probable caso que yo me animara a intentar la trayectoria de estos HDMPs que se divirtieron como chanchos dejando esas huellas, el techo de mi X-onga nipona rozaría el muro de roca en extraplomo que cubre casi la mitad del camino como un alero.
Entre curva y curva les empiezo a contar a mis desconfiados pasajeros, de noches mágicas, de Saab, Mini, Porsche y «de-eses». De lo difícil que sería con nieve manejando ese Mustang 64 blanco. De las paladas de nieve que le tiraron a Ragnotti y de cómo Jeannot se partió, bajó, se cagó a piñas con los tifosi y siguió su camino.
El pez por la boca muere. Mi hijo me dice: «Viejo, vos nos trajiste acá por eso, no por la naturaleza, ¿no?». Confieso que sí y me perdonan. Mejor aún: están embelesados. No por mi cháchara senil. Porque el lugar es mágico. Luego de media hora la ruta se ensancha de golpe y se hace plana por unos 300 m. Llegué al lugar que soñé por 5 décadas. La Coca está ahí, delante mío, terminando su estrip tis e hirviente de lujuria me pregunta: ¿Qué pretende usted de mí?
Yo en realidad sólo pretendo una birra pues entre pensar en la Coca y la altitud se me ha secado la garganta. Justo ahí, dos McLaren color gris oscuro nos pasan con un zumbido infernal. No los había visto venir. Probablemente hayan empezado a trepar desde el pueblito de Sospel 29 minutos después que yo y en media hora me los descontaron. Rebajan dos cambios, frenan en el cruce delante de la hostería, conferencian unos segundos por la ventanilla y se mandan hacia la derecha por la bajada hacia Niza y Mónaco.
Nosotros paramos en la hostería del Col. Encaro hacia las fotos autografiadas en la pared y descubro que a partir del Col de Turini se puede subir hasta los 2.000 y pico de metros por un camino de mano única que hace un círculo y regresa al Col. Un pastor con un montón de hijos y con facha de Georges Moustaki vigila desde una carpa unas 100 ovejas. Ahora con la altitud y la birra casi todas las ovejas me parecen sexies y me recuerdan a la Coca. Eso casi me hace olvidar que hice bosta una llanta y tengo un tetón en la rueda. El pastor nos ve acercarnos y nos grita: «¡¡Ta voiture fait pas de bruit!!» La X-onga, con tantas frenadas, ha cargado al mango la batería y ha decidido pasar a la tracción pata e’bolsa. No hay forma de razonar con ella: se va a hacer los próximos dos km hacia Mónaco en full electric a menos que uno pueda convencerla de pasar de 80 km/h. Ya he visto lo que queria. Que se entienda otro con la japonesa.
Calmada mi sed, me siento magnánimo. Le doy el volante al novio de mi hija. Imitando la voz cigarrosa de Robert Mitchum en la escena final de «El día más largo del siglo» le digo: «take me up the hill, son» … Y me duermo soñando con la Coca.




















