Me mata tu camioneta
Ayer fue un día de lo más extraño dentro de mi cuadrado y algo grisáceo calendario semanal. Empezó con el velatorio de un familiar algo lejano, y bastante disperso a la hora de comunicarse, pero entrañable en las suaves charlas que solíamos compartir al cubierto del bullicio dominical que genera una familia de italianos del sur. Estos ardientes […]
Ayer fue un día de lo más extraño dentro de mi cuadrado y algo grisáceo calendario semanal. Empezó con el velatorio de un familiar algo lejano, y bastante disperso a la hora de comunicarse, pero entrañable en las suaves charlas que solíamos compartir al cubierto del bullicio dominical que genera una familia de italianos del sur.
Estos ardientes tanos del barrio de La Boca, de quienes desciendo por linaje materno, con los años se demostraron mucho más efusivos que la parte griega de la parentela, generando con sus ásperas e incandescentes gargantas los más altos registros que atesora nuestro castigado decibelímetro familiar.
Como imaginarán, la velada que debería ser de absoluto recato, con el correr de las horas se transformó en una de las tantas reuniones familiares con todos sus integrantes presentes, incluído el homenajeado. Durante el transcurso del lúgubre mitín, recibimos repetidos llamados al orden por parte de los guardianes del lugar que nos recordaban que estábamos allí en un momento de recogimiento y saludos.
Pasado este intenso momento, y ya devuelto a mis actividades diarias, en la célebre calle Sarandí del barrio de San Cristóbal, me topé con una camioneta de esas que me gustan, y mucho. Una versión furgón de la C/10, que a juzgar por la parrilla, corresponde a la primera lavada de cara del modelo, que estuvo en producción desde el año 1968 hasta 1971. O sea que es la segunda serie de la primera Brava, que afines de 1966 reemplazó a la legendaria Apache.
No se porqué tengo una debilidad por estos furgones Chevrolet, de los cuales, los más interesantes son los que tienen la trompa más vertical, una figura supercuadrada, con la chapa de la caja acanalada. Este, sin embargo es raro por la época, ya que viendo sus formas, parece algo más antiguo de lo que es. Entrando en los setenta los trazos tan redondeados estaban sucumbiendo ante la avanzada racionalista de los años que siguieron.
En fin, muy bonito el objeto, así que decidí parar el auto delante de la IES Gringa ya reportada en este sitio (click aquí), y postal infaltable de la cuadra. Tomé la cámara y comencé a disparar sin detenerme en la gráfica escrita en sus paredes laterales. Grande fue la sorpresa cuando vi que era de una compañía funeraria… Volviendo de un velatorio, sacarle fotos a un carro fúnebre, no suena muy sano desde la psiquis, pero sin detenerme a ensayar una bajada al diván de lo sucedido, continué disparándole sin piedad (seguimos con las necrológicas) hasta que se rindió y me mostró todo lo que tenía para ver.
Las fotos atestiguan (y también su mecánico) que todavía presta servicio en la casa que retrata la foto, y que se usa para el transporte de insumos, o sea los ataúdes, soportes, bases, candelabros, y demás elementos de la panoplia luctuosa con la que nos despedimos de la gente que queremos.
Creo que esta vez hablamos poco del auto y mucho de lo que representa y lo que genera. Ese es sin dudas nuestro espíritu y con pensamientos así no hacemos más que enaltecer el valor del automóvil en nuestra vida cotidiana. Sentimientos que trascienden al objeto mismo, y se anidan en algún lugar del mate, apareciendo cuando menos lo esperamos.
Benditos recuerdos de gente, de autos, de situaciones, y de grandes amigos.



