Encuentros cercanos del cuarto tipo
En medio siglo tratando de llegar a los sitios más recónditos del país y penetrar hasta las entrañas de los Andes, necesariamente experimentamos vivencias de toda clase y tuvimos topetazos del tercer, del cuarto y hasta del quinto tipo. Como la del Destapado, ese anónimo arriero muerto en la laguna Brava y enterrado en una […]
En medio siglo tratando de llegar a los sitios más recónditos del país y penetrar hasta las entrañas de los Andes, necesariamente experimentamos vivencias de toda clase y tuvimos topetazos del tercer, del cuarto y hasta del quinto tipo. Como la del Destapado, ese anónimo arriero muerto en la laguna Brava y enterrado en una tumba tan humilde que sólo se lo tapó con unas lajas, losas que éste supuestamente se las quita de encima y que viajeros piadosos cada vez vuelven a colocarla encima de su esqueleto, que aún calza las botas. O el Futre, aquel personaje que camina en Uspallata por las vías del F. C. Transandino llevando su propia cabeza bajo el brazo, como si fuera una pelota de fútbol. Y así otras.
Unas de las experiencias más recurrentes fue buscar o encontrar al azar aviones contrabandistas. Fueron episodios por puro gusto por la aventura, o también, ¿por qué no?, con la remota pero para nada descabellada esperanza de encontrar alguna bonanza. Porque ocurre que en los aviones se trasporta toda clase de caudales, por ser en principio un medio de trasporte seguro, al menos mientras está en el aire.
Algunas de las aeronaves que hallamos eran de servicio regular o charter, pero más de una había estado afectado al contrabando. Una historia larga y variada que en su momento resumí y volqué a un DVD titulado «Guía de aventuras y turismo» que no se vende en comercios pero sí puede pedirse por mail para recibirlo por correo a albero@auto-mobilia.com.ar
Como sea, aquí van unos pantallazos de nuestros encuentros, siempre en los Andes o en su piedemonte, porque el sempiterno peligro de toparse con facinerosos dispuestos a armar una mejicaneada de aquellas, es latente y omnipresente.
Así, en un viaje con una cupé Torino a Lima –el primer «Toro» que en 1971 llegaba a la Ciudad de los Virreyes– descubrimos en una remota mina de ónix azul, cerca de Olacapato, camino del paso Huaytiquina, un DC 3 enterito que había aterrizado por allí al entrar en emergencia. Quedó intacto, y pasó varios años allí hasta que el gobierno militar en vísperas del inminente choque armado con los hermanos chilenos (fines de 1978), ordenó desguazar la máquina. Tenía matrícula guaraní (ZP o Zulú Papá), como la mayoría, porque solían proceder de Asunción del Paraguay.
Con otro aparato, éste matriculado CX o Charlie X-Ray por ser uruguayo, nos enfrentamos sorpresiva e inesperadamente en el balneario de La Toma, en San Luis. Había aterrizado cerca de allí, por Concarán, y el intendente tomó la iniciativa de llevar el avión hasta el balneario para trasformarlo en un bar y boite. También debió ser desmantelado allá por 1978.
Y después está el famoso bimotor Lima Víctor – Hotel India Julliet (LV-HIJ) Curtiss C 46 Commando de Aerolíneas Carreras que en 1964 se posó, con una hélice en bandera, sobre la inhóspita Laguna Brava, en la puna riojana. Transportaba caballos pura sangre y, según se supo después, un voluminoso bagallaje de radios a transistores Spica preparadas para el tráfico fraudulento. Toda una aventura para los cinco tripulantes que para ellos salió bien, aunque no así para todas las yeguas. Este avión sigue aún en la Brava, a 4.200 metros de altura, en medio de la sal, convertido en atracción para los turistas que se atreven a llegar hasta ese solitario lago de superficie blanca y dura a la vista de volcanes gigantes tales como los Veladero, Bonete y Pissis.
Las alas, los motores y el fuselaje ya no existen, pero sí continúa estando el morro. Varios accesorios como secciones del plano y tren de rodadura se encuentran en un desarmadero a la salida N de Villa Unión, propiedad del viejo minero don Félix Martínez.
Para los inadvertidos excursionistas que suben hasta la mítica Laguna Brava, toda una pasmosa sorpresa con una historia alrededor de cuyo núcleo real se tejen y cuentan innumerables variantes.
Y ahora, aunque sólo conté un fragmento de mi recopilación sobre Aviones Contrabandistas, estoy ansioso por saber qué comentario mereceré de parte de Mariana que, ya sabemos, es el seudónimo detrás del cual se esconde la joven, bella, inteligente y simpática Claudia Schiffer. Nada menos.
Casi me olvidaba: quedan en la Alta Cordillera todavía algunas máquinas piratas que aguardan ser rescatadas por su príncipe azul.



