La vida es bella y los rallies también

La familia Damonte, de Salto, en la provincia de Buenos Aires, es conocida en el ambiente por el culto que le rinde al Ford T. Al reciente Rally de San Francisco llevaron el “cola de avispa” 1922 en el que Pepe y su hijo Marcelo dieron la vuelta completa y consiguieron un segundo puesto en […]

La familia Damonte, de Salto, en la provincia de Buenos Aires, es conocida en el ambiente por el culto que le rinde al Ford T.

Al reciente Rally de San Francisco llevaron el “cola de avispa” 1922 en el que Pepe y su hijo Marcelo dieron la vuelta completa y consiguieron un segundo puesto en la regularidad y en la habilidad conductiva entre los “veteranos”.

Más importante que eso es la alegría que contagiaron durante el evento, a pesar de haber vivido una desgracia familiar recientemente. Marcelo decidió aparecer así en la foto, parado y soltando los controles de su T, cuando detectó al fotógrafo Tillous en el camino.

Un rato antes, durante las pruebas de gymkhana en la ciudad de Las Varillas, pidió una bici prestada y retó a duelo, entre conos y cintas, a un personaje local, al que intentó ganarle a puro artilugio y trapisonda. Por supuesto, fue el momento más celebrado por el público y por el entusiasta relator local, encargado de presentar a los autos y a los participantes.

Por suerte, los rallies siempre tienen “locos lindos” que alegran el instante con comportamientos fuera de libreto, aquí y en todos lados.

Otro de estos momentos frescos lo disfruté en el Encuentro Anual de Autos Clásicos de Colombia, no hace tanto tiempo, en el 2009, cuando los tripulantes de un Chrysler Windsor Highlander Convertible de 1950 decidieron “exorcizar” la pequeña tragedia acontecida a su auto de una manera muy simpática.

Este evento se celebró en Cartagena de Indias, y como la mayoría de los participantes de aquel Encuentro tenían residencia en Bogotá, trasladaron sus autos hasta las playas caribeñas en camiones madrinas (mosquitos). Al pobre Chrysler lo visitó la negligencia y en caída libre bajó a tierra firme y caliente, dejando recuerdos del descontrol en una puerta arrancada de cuajo y un guardabarros abollado.

Al momento de la largada simbólica y la foto oficial del evento, el señor París y su acompañante le dieron los curativos que recibe cualquier malherido. Algunas gasas fueron antídoto para tapar las lastimaduras, un poco de suero estabilizó al paciente y el staff médico integrado por médicos con barbijos y hasta una guapísima enfermera acompañaron al convaleciente Chrysler a realizar los primeros pasos de su rehabilitación post-traumática.

Fotos: Miguel Tillous y D.S.

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