Enchúlame la locomotora
Eternos admiradores de los medios de locomoción soviéticos, sacamos del archivo de los recuerdos algunos de los más desopilantes experimentos mecánicos llevados a cabo por el régimen en materia de transporte sobre rieles. A comienzos de los setenta, y ante el auge de los trenes de alta velocidad en Occidente, las exuberantes mentes que habitaban […]
Eternos admiradores de los medios de locomoción soviéticos, sacamos del archivo de los recuerdos algunos de los más desopilantes experimentos mecánicos llevados a cabo por el régimen en materia de transporte sobre rieles.
A comienzos de los setenta, y ante el auge de los trenes de alta velocidad en Occidente, las exuberantes mentes que habitaban la ladera oriental de los Urales, decidieron emprender la aventura de unir dos mundos: el aeronáutico y el ferroviario.
Tomaron lo mejor de cada uno, y con un poco de imaginación y una enorme dosis de coraje, dieron vida a este increíble aparato: Un tren con dos turbinas de jet. La ferretería terrestre la aportó la fábrica Kalininsky con su ya por entonces obsoleto modelo ER-22. Las turbinas fueron tomadas de un avión de pasajeros Yak-40, y desconocemos el nombre del científico que fundió en un extraño abrazo ambas partes dando vida a este Frankenstein sobre rieles.
Alcanzaba la escalofriante velocidad de 290 km/h, y no queremos saber el ruido y las vibraciones que generaría a su paso, lanzado en su loca carrera pulverizadora de récords.
Los experimentos duraron algunos meses hasta que finalmente decidieron abandonar el proyecto, dejando los prototipos a la intemperie, lugar donde hoy descansan recordando sus andanzas juveniles, en donde habrán volado varias pelucas a los guardias de estación de aquellos rojos años setenta, en la rígida y a veces desopilante CCCP.



