El Cortina Lotus
He pasado toda mi vida corriendo fanáticamente atrás de los fierros. El Ford Consul Cortina Lotus llegó a mis manos en una coyuntura muy especial: fue cuando vendí uno de los autos más importante y querido que tuve. Necesitaba vender ese auto y había un interesado dando vueltas; no obstante, me costaba mucho hacer la […]
He pasado toda mi vida corriendo fanáticamente atrás de los fierros. El Ford Consul Cortina Lotus llegó a mis manos en una coyuntura muy especial: fue cuando vendí uno de los autos más importante y querido que tuve.
Necesitaba vender ese auto y había un interesado dando vueltas; no obstante, me costaba mucho hacer la transacción y estuve dándole largas.
La oferta del comprador era plata en efectivo más un auto (no recuerdo qué auto) contra el mío. Yo pretendía todo en efectivo. Y de ahí no salíamos.
Finalmente, por temor de perder la venta, hice mi contraoferta: el dinero en efectivo y un Lotus Cortina contra mi auto. El tipo hizo su jugada: ofreció el Lotus, un Ford A 31 Phaeton Deluxe y el saldo en efectivo. No tuve otra y acepté.
Les aclaro que el comprador no era propietario del Cortina; tuvo que comprarlo a un tercero (que, hasta lo que yo sé, no lo tenía en venta) para luego negociarlo conmigo. En concreto, llegó el día en que el Phaeton Deluxe, el Lotus y el efectivo constante y sonante, estuvieron en mi galpón.
Al Ford A, ni bien llegó, lo pasé a cobre; la mosca la puse en la «faltriquera» y el Lotus…… ay, ay, ay ¡¡¡mamita querida!!!, ¡¡¡pobrecito!!!; era un desastre.
Estaba descalzo (a las cubiertas se les veía el aire, amen de que tenía un «paisano de cada pueblo», las cuatro eran diferentes). ¿Amortiguadores? Olvidate. ¿Motor? El ruido de la distribución era como el de ocho enanos pegando marronazos contra los árboles de leva. ¿Carrocería? Pintada de un bonito color zanahoria claro, con dos regias franjas laterales de color negro. ¿Conclusión? Una pinturita el pobre. No obstante lo dicho, tenía sus méritos; no tenía golpes, se veía en línea y no le faltaba nada, estaba completo.
¿Por qué un auto concebido para la competencia y entrado al Uruguay con ese mismo propósito, no tenía reformas, mutilaciones, faltantes o rastros de golpes y marcas del uso, y la vida de cualquier auto de carrera? Muy sencillo. En 1965, Ford Uruguay comenzó a desplegar sus estrategias mercadológicas para introducir en nuestra plaza la nueva generación de productos de Ford of England. Las espectativas giraban entorno del nuevo modelo Consul Cortina.
Junto con el primer embarque de Consul Cortina venían dos Ford Consul Cortina Lotus destinados a promover la venta de la gama.
Resumiendo, está muy documentada la historia de ambos autos. Uno lo compró un corredor llamado Horacio Pera quien lo tuvo casi veinte años en perfecto estado. Ese era mi Lotus. Mientras que el gemelo, tuvo una vida muy agitada, con varios porrazos fuertes; lo tuvieron varios corredores y a fines de los ochenta estaba en estado deplorable, abandonado en un galpon de Malvín.
Apenas tomé posesión del Lotus comencé a usarlo (era el único auto de calle que tenía) e imediatamente comprendí que en ese estado no llenaría el vacio dejado por el otro auto.
No lo había usado dos mil kilómetros cuando se rompió la bomba de agua y ese fue el final. En ese modelo de Twin Cam la bomba de agua está incorporada en la tapa de la distribución y para sacarla es necesario quitar la tapa de cilindros y el cárter. Ante ese panorama, mi proverbial optimismo frente a las dificultades mecánicas se hizo añicos. Tener un motor abierto y no poder repararlo de punta a punta era un drama. No tenía el capital suficiente para dejarlo perfecto y de tenerlo no estaba dispuesto a realizar esa inversión.
Decidí venderlo y me costó mucho, a tal punto que un día perdí la brújula y pasó por mi cabeza atormentada la idea de venderlo en partes; por suerte, el alma me volvió al cuerpo y no lo hice. Finalmente, logré vendérselo a quien me lo había vendido. Este hombre puso el capital para devolverle su identidad perdida y yo me encargué de eso; por fin logré salvarlo.
Lo probé, pude buscar sus límites, disfrutar de sus cualidades y librarme del cargo de consciencia de haberlo demolido.
El Cortina se vendió nuevamente; lo compró un argentino que, como tenía negocios en el Departamento de Maldonado, lo tuvo unos cuantos años, lo repasó todo y finalmente como todas las cosas, pienso que lo puso a la venta y así fue que llegó a manos de su actual propietario, quien lo atesora y lo mima como se merece.
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