Mentirás al volver de un autojumble
Así dice el octavo mandamiento de los coleccionistas. Inevitable, ineludible, incorregible: nadie nunca sabrá el verdadero valor de las cosas compradas en un autojumble. Y menos que menos las mujeres de los coleccionistas. Algunos le sacan el 30% del valor. Los más provocadores, le restan hasta el 80%. Es curioso, intentan hacer creer que a […]
Así dice el octavo mandamiento de los coleccionistas. Inevitable, ineludible, incorregible: nadie nunca sabrá el verdadero valor de las cosas compradas en un autojumble. Y menos que menos las mujeres de los coleccionistas. Algunos le sacan el 30% del valor. Los más provocadores, le restan hasta el 80%. Es curioso, intentan hacer creer que a ellos casi les regalan objetos de colección, acaso por carisma. Lo cierto es que Luis esa tarde tenía un autojumble que por nada en el mundo se perdería. Por esta razón notificó a su mujer, Inés, con varios días de antelación para evitar cualquier tipo de conflicto. Aunque… a medida que los años pasaban, este tipo de programas generaba menos cuestionamientos. Prefirió no indagar en el por qué.
Desayunaron temprano compartiendo el diario. Los retoños dormitaban, extenuados luego de una ardua noche de boliche. “Vos hoy tenés esto de los autos, ¿no?” quiso asegurarse Inés. “Sí, sí. En un rato salgo para allá. Va a haber puestos de comida, así que no me esperes a almorzar”, contestó Luis. “Fantástico”, pensó Inés tratando de disimular una leve sonrisa que se filtraba en su comisura labial.
Luis arrancó la Bertone y juntos partieron, primero despacito para no exigirla en frío y luego “tirando cambios”. Por su parte, Inés arrancó el Honda Civic y partió hacia el Shopping.
Al llegar al predio sintió cierto desagrado al ver que la feria estaba bastante poblada ya. “Nunca es temprano para un fanático”, reflexionó y se dispuso a sumergirse en el maravilloso mundo de los tesoros perdidos. Pasaría las siguientes seis horas en ese lugar tocando, examinando, preguntando, charlando, comprando.
Inés conocía a la perfección las mejores alternativas para estacionar en el Shopping, conocía cada rincón, cada entrada de proveedores, cada salida de emergencia… no faltaba nada: ella, el Shopping y su tarjeta de crédito.
Luis desfilaba entre los stands con la ligereza fingida de quien no quiere demostrar que está para llevarse todo a cualquier precio. Sus ojos se clavaban en los laterales para no perderse detalle. Con desdén miraba lo exhibido, levantaba algún escudo o mascota y preguntaba su precio como si comprar tal objeto jamás pudiera estar ni remotamente en sus planes. Era indudable que parte del programa era su performance, su puesta en escena. Por supuesto que los “autojumblistas” están acostumbrados a un desfile permanente de estereotipos: el ansioso que pasa rápido y quiere más de lo que puede, el que va comentando todo como si tuviera un programa de radio itinerante, el que mira de reojo para no delatar su codicia, el que se toma tooooodo el tiempo del mundo para analizar cada tornillo, el que pregunta mucho y no compra nada, el que llena de migas el stand con un obsceno sandwich de salamín, el que mira extasiado todo y no puede salirse de su alucinación para sacar la billetera y comprar algo, el adicto al trueque… en fin, tantos como pueden imaginarse.
Inés por su parte, estaba próxima a aprobar el test de Cooper mientras recorría los pasillos del Shopping. La cartera pegada a la axila y el frenético taconeo. Los percheros con las prendas ordenadas por color y el perfume de cada local la invitaban a creer la fantasía que el lugar proponía.
Luis tomó un faro Scintilla. Era una muy buena pieza. Mientras la levantaba se regodeó pensando “si mi mujer estuviera aquí me diría -¡¿¿¿esa porquería te vas a llevar???!”. Sonrió. Inés no estaba para detener esa transacción. Un papel de diario y una caja de alfajores cubrieron el valioso objeto.
Inés miró la vidriera de Lázaro y sintió que se estaba enamorando nuevamente. Era color negra, en cuero croco con detalles en charol para los ribetes y herrajes cromados. En el interior tenía un espejito en el bolsillo que hacía juego con la cartera. Era elegante y sobria sin ser acartonada. Definitivamente chic. ¡Y qué mujer de su edad no añoraba ser chic después de ser flaca!
Era muy cara la cartera. Tanto que firmó el ticket de la tarjeta tratando de no mirar las cuatro cifras que se repartirían en infinitas cuotas. Iba a seguir pagando la cartera mucho después de que se dejara de usar el croco. No importaba, respiró hondo y autografió el papelito termosensible como si fuera una estrella. Después de todo, esa cartera casi la convertía en una luminaria.
La hora de almorzar sorprendió a Luis mientras charlaba con dos amigos del club sobre el reglamento de velocidad y sin decirlo se fueron acercando a un puesto que vendía choripán y morcipán. Debe haber sido el particular sonido de la grasa quemándose sobre la parrilla lo que los atrajo como zombies.
Para Inés la elección era sencilla: tarta con ensalada en un café bien femenino. De esos que las mujeres adoran y sus maridos tildan de “mariconada”. No sólo disfrutó del almuerzo, de estar sola, de las exquisitas masitas que acompañaron el cortado sino además de las revistas de moda y la entretenida conversación con el mozo gay.
La tarde transcurrió para ambos paseando, mirando, evaluando y de tanto en tanto comprando. En el score final Inés anotó cinco bolsas con prendas envueltas en papel de seda y perfumadas con distintas fragancias, y Luis dos bolsas de supermercado y dos cajas de cartón, la de los alfajores y otra de vasos descartables.
Camino a casa Inés llamó a Luis para saber cómo andaba y qué tal le había ido. “compré un par de chucherías, no había mucho”, minimizó Luis. “Ah, yo igual, estaba todo carísimo, yo no sé quién les va a comprar algo con estos precios ridículos, están locos”, dramatizó Inés. Ni bien cortaron ambos planearon la logística de los bultos: éste va para la oficina, éste lo dejo en el auto, éste lo subo rápido al cuarto y éste lo congelo un par de días y cuando lo saque le digo que lo tengo hace mucho tiempo.
Llegó primero Inés a la casa y se puso a preparar un té-cena. Al ratito escuchó el motor alegre de la Bertone y entró Luis con una caja de alfajores esparciendo ácaros. “Gggggghhh, ¿qué es eso?” Un farolito para la Bugatti, estaba regalado, el tipo no sabía lo que me estaba vendiendo. “¿Qué es esa bolsa?”. «Una cartera de liquidación, una ganga.”
Esa noche, al irse a dormir, luego de darse el beso de las buenas noches, cola con cola, Luis sonrió pícaramente y pensó “Dios le conserve la inocencia”. Inés, en cambio, presagió: “la próxima voy por las botas que hagan juego”.






