Ancestro del Ducato
“Mio padre faceva il camionista”, me comentaba Franco en una pausa de trabajo mientras hablábamos de la vida y, entre otras cosas, de su imposible acercamiento a la señorita Sui Yu, a quién todavía no pudo vulnerar en su estoico “catenaccio”. La última cita fue en un bizarro karaoke, adonde tuve a malagana que llevar […]
“Mio padre faceva il camionista”, me comentaba Franco en una pausa de trabajo mientras hablábamos de la vida y, entre otras cosas, de su imposible acercamiento a la señorita Sui Yu, a quién todavía no pudo vulnerar en su estoico “catenaccio”. La última cita fue en un bizarro karaoke, adonde tuve a malagana que llevar mis huesos, mas no fuera que para apuntalar las esperanzas de mi amigo, soportando la agudísima voz de la señorita Sui Yu y de su nefasta amiga, quien junto a nuestro inseparable intérprete, completaban el desafinado quinteto de voces.
Volviendo a los camiones, Franco me comentaba que su padre, antes de comprarse el OM “Leoncino”, tenía un Fiat 615N cerrado. Allí recordé que una vez había visto uno, y me había impresionado el diseño, muy estilizado y moderno para un “Autocarro” de inmediata posguerra.
El Fiat 615N era el camión liviano (autocarro leggero) de “Fiat Veicoli Industriali”, más tarde rebautizada IVECO, y que cubría las necesidades de carga ligera y media, sobre todo de reparto en la red urbana y periférica. Un ancestro de los que sería el Ducato en nuestros días pero con mecánica Diesel o nafta que desarrollaba unos 40 CV (si, cuarenta) y que perezosa pero incansablemente movía la tara de casi tres toneladas y media de este vehículo a una velocidad de 80 km/h. Lo que nadie dice es cuanto tardaba en alcanzarla…
Entró en producción en 1951 y se mantuvo hasta 1965, año en que fue reemplazado por el 616 N. Durante su vida recibió además un motor de 1.900 c.c., que respecto al 1.400 derivado de la berlina era un gran paso adelante. El diseño de la versión cerrada completa la forma insinuada en el modelo abierto, y es un frugal extracto de proporciones, dinamismo y elegancia, atributos estos muy pocas veces emparentados con la figura de un vehículo de carga.
La línea de los pasarruedas, armónica y solamente insinuada, sostiene el peso de una figura muy moderna para los cánones de la época con el volumen delantero que se prolonga hacia el flanco dibujando una sana pancita sobre las ruedas, y llevando esta protuberancia en forma suave hacia la parte trasera, en donde se vuelve a ensanchar para recibir el tren posterior y rematar hacia abajo, con la misma dirección traída desde la proa.
El frente reproduce los rasgos de la segunda generación del “Topolino” y toda su volumetría arriba descrita, más el agregado de los ojos en posición central, lo que hace dar una sensación de cara “más gordita” y hasta simpática si se quiere, dando al espectador aún más motivos para reconocerlo entre los anónimos burros de carga metálicos de aquellos duros años.
Ruedas grandes en completa discordancia con los parámetros de su tiempo, completan un conjunto de lo más original, y que les presentamos en esta mañana de jueves.


