El cuento de Scheckter y el lobo

A pesar de haber recibido críticas a lo largo de su carrera por su actitud hacia la prensa y al público – que lo tildaban de amargo -, y de haberse llevado ese campeonato del año 1979 que debería haber sido para el querido Lole Reutemann, con los años aprendí a perdonar a Jody Scheckter. […]

A pesar de haber recibido críticas a lo largo de su carrera por su actitud hacia la prensa y al público – que lo tildaban de amargo -, y de haberse llevado ese campeonato del año 1979 que debería haber sido para el querido Lole Reutemann, con los años aprendí a perdonar a Jody Scheckter.

El sudafricano, si uno analiza año por año su carrera y la filosofía con la que corrió y se movió de equipo en equipo en el Circo Massimo, nos habla de un hábil y profesional piloto, dentro y fuera del auto.

Hoy voy a dedicar estas líneas al paso de Jody Scheckter por el Walter Wolf Racing, a donde llegaba de Tyrrell, habiendo hecho las valijas por considerar que el six-wheeler era literalmente una basura…


Piloto vehemente y de carácter, nunca estuvo conforme con el P34, y aún habiendo ganado el Grand Prix de Suecia en 1976, en un hecho histórico en la Formula Uno, nunca tuvo palabras de elogio para el auto al que consideraba un engendro.

Walter Wolf, cuya increíble biografía excede el marco de estas líneas, era un empresario nacido en Graz, Austria, pero que había hecho su fortuna en Canadá, y que desde 1975 era sponsor del equipo Williams de Formula Uno.

A mediados de 1976, los Williams FW05 que llevaban su publicidad no le traían más que facturas anuales por dos millones de dólares.

Emprendedor como era, Wolf procedió a divorciarse de Williams y ficho a Harvey Postlethwaite para diseñar un nuevo auto, que debía estar listo para el Grand Prix de Argentina de 1977. Con presupuesto abierto, Wolf trajo como team manager a un estrecho colaborador de Colin Chapman en Lotus: Peter Warr.

La elección del piloto, también hecha por el propio Wolf, recayó en Jody Scheckter, quien había mostrado los dientes en Tyrrell a lo largo de tres temporadas. Walter Wolf esperaba mucho de él y le hizo un contrato de top driver, con premios – dinero – por puntos, carrera ganada y una cláusula especial que lo “haría rico” según Wolf, si llegaba a campeón del mundo.

Walter Wolf, muy sinceramente, parecía haber leído el diario del lunes.

¿Que era el WR1 que Postlethwaite había pergeñado? Wolf le había pedido un auto veloz y de mecánica simple, entendiendo que el mundial de la F1 para aquel año se movería por circuitos de altas velocidades. Trabajando en el túnel de viento del MIRA – British automobile industry`s research and development centre -, lograron un auto de líneas filosas y cuneiformes, muy aerodinámico, al que pintaron de negro con el Walter Wolf Racing en dorado sobre sus flancos. El motor seria el clásico Ford-Cosworth.

En Buenos Aires, Scheckter y el WR1 penaron en un calor insoportable con problemas recurrentes en la alimentación; el motor llegaba a 9600 de las 10500 vueltas que debía erogar. Ni en prácticas ni en clasificación el problema pudo ser resuelto, y el puesto 11 en la fila de partida no era muy alentador. Pero el Dr. Postlethwaite llevaba años en esto. Durante la noche previa a la carrera, mudó de lugar la bomba de nafta. De un costado del motor, la llevó a un sector de la cola, donde el aire iba a poder refrigerarla. Sin poder probar la solución, Scheckter y el Wolf salieron a pista, ganando la carrera por más de 50 segundos al brasileño Carlos Pace.

La victoria se repetiría en el Grand Prix de Mónaco y en su casa, Canadá.

Jody Scheckter quedaba segundo en el mundial de conductores, y bien vale preguntarse que hubiese ocurrido si el veloz WR1 no lo hubiera dejado a gamba en 7 oportunidades…

Glamoroso como tantos autos de aquellos años, su paso por la F1 fue tan fugaz como rutilante, dejando una profunda huella en los años setenta.

¿O alguien no recuerda su bella silueta negra y dorada, trepando desde la horquilla hacia recta principal, con ese sonido Cosworth?

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