La noche que el diseño y el arte conversaron
Vestidos de alta costura con reproducciones de Mondrian o autos de calle con reminiscencias de la etapa cubista de Picasso parecen encajar perfectamente en un diseño de lo cotidiano. El arte se fue acercando a la rutina del súper hombre del consumo como lo hace una leve pleamar en una playa desierta. La revolución industrial […]
Vestidos de alta costura con reproducciones de Mondrian o autos de calle con reminiscencias de la etapa cubista de Picasso parecen encajar perfectamente en un diseño de lo cotidiano. El arte se fue acercando a la rutina del súper hombre del consumo como lo hace una leve pleamar en una playa desierta. La revolución industrial y las vanguardias finalmente entablaron una entretenida conversación.
El lunes 12 de abril de 2010 algunos tuvimos el orgullo y el privilegio de presenciar uno de los acontecimientos automovilísticos y artísticos únicos del mundo, y más aún, de Latinoamérica. En el Club de Automóviles Sport de Argentina se reunieron siete Bugatti por primera vez en su octogenaria existencia.
La historia de Bugatti es tan rica como su fama y su leyenda. Pero algo si hay que hizo que la marca alsaciana fuera única, fue sin dudas su irracional atractivo. Muchos fueron los logros y adelantos dentro de la técnica de la mecánica pero por sobre toda innovación se destacó la obra de arte que estas máquinas significaron. Tanto los tipos de competición como los de monárquico lujo.
La vieja dicotomía de tratar de desligar el arte del diseño es como una discusión de un padre bohemio y viajero con su hijo ingeniero y militar. Nunca se van a entender pero uno va a tener los rasgos del otro y por sobre todo y, por más que ellos traten de negarlo, jamás van a poder desligarse. Su origen es el mismo y aunque digan que se odian realmente se van a amar.
En una Bugatti uno puede encontrar esa rabiosa relación de la línea y el ojo, de la mano y el plano, de la técnica y la intuición. El instinto y la razón.
