Los Alfa de Marbadan

Sumergido en un proceso natural de repaso vital, repentinamente se encendió un alerta amarillo sobre el 23 de agosto pasado. El mes de agosto tiene un significado complejo en mi memoria y en mi historia personal. Algunos eventos muy dolorosos como la pérdida de mi mejor amigo (mi viejo) el 27 de agosto de 1973, con […]

Sumergido en un proceso natural de repaso vital, repentinamente se encendió un alerta amarillo sobre el 23 de agosto pasado.

El mes de agosto tiene un significado complejo en mi memoria y en mi historia personal. Algunos eventos muy dolorosos como la pérdida de mi mejor amigo (mi viejo) el 27 de agosto de 1973, con apenas 47 años; otros menos dolorosos pero tan amargos que no vale recordar.

Pero con esas locas cosas que tiene la vida con su ley de compensaciones, en la que creo con absoluta convicción, un 23 de agosto, esta vez, de 1987, tuve una de las vivencias más maravillosas de la vida: corrí en el Autódromo de la Ciudad de Buenos Aires con uno de los autos más hermosos que esta vida me regaló.

No me perdono haber olvidado fecha tan importante. Hubiera querido recordarla, oportunamente: el 23 de agosto pasado se cumplieron 25 años de ese fantástico día. Como lo prometido es ley, voy a contar la historia de un Volkswagen carrocería Bertone.

En 1979, de la noche a la mañana me quedé en la vía. Llevaba tres años ganando muy bien, en la compra y venta de lana; pero a raíz de un crack con las exportaciones, me quedé sin trabajo. Vendí casi todo lo que me quedaba en materia de autos. Sólo conservé un Renault 4CV del 54, con la idea de utilizarlo en algún trabajo de corredor de comercio. Casi dos años después, al borde de ser llevado de este mundo por una agudísima depresión, conseguí trabajo como viajero vendedor de maquinaria agrícola e industrial.

Me fue bien. Comencé con el 4CV y en junio de 1982 compré un Mercedes-Benz 280 SE 69; en octubre reventó la tablita y el dólar se disparó; me había capitalizado y no tenía deudas, vendí el Mercedes 280, mantuve el 4CV y reemprendí el negocio lanero. Me fue bien y aunque me mantuve fiel a lomos del 4CV, seguí despuntando el vicio con la compra de algunos fierritos. En momentos que andaba pisando una cantidad loca de autos y la cordura me decía que parara de comprar, se me cruzó un Alfa Romeo Giulia 1600 del 64 en estado comatoso. Era una bolsa de carozos, ¡¡pobrecito!!

Lo compré sin ganas, sólo porque era un Alfa y tenía un «no se qué». El Renault tenía mecánica Gordini (puesta por mi), cero kilómetro, completa, con caja de cuarta incluída. Era un avioncito, caminaba 140 km/h; en cambio, el Giulia a 90 por hora parecía que se partía; igual lo adopté. Al tiempo descubrí el porqué del estado del Alfa: tenía doscientas carreras arriba; eso hizo que me encariñara más con el.

Contra opinión y consejo de mecánicos y amigos, empecé a ponerle plata arriba, hasta que, de a poco, el Giulia fue recobrando su abolengo, comportándose como un verdadero Alfa Romeo. En el lapso de un año quedó con chapa, pintura, y tapizado nuevos, cuatro Pirelli Cinturatto, motor, caja y diferencial 1750, el motor llevado a dos litros, más dos Weber 45; conclusión, quería un TI Super, y casi lo logré.

El dueño del taller Alfa a esta altura ya era un amigo y uno de los más insistentes a la hora de aconsejarme no gastar en el Giulia; Hermes Silvera, no podía ser otro, me sugería buscar una carrocería nueva o en mejor estado; sabía que andaban dos o tres en la vuelta y me aconsejaba buscarlas. No hice caso.

El vicio Alfa Romeo llegó a un punto tal, que en momentos que las reparaciones del Giulia requirieron una internación de un mes, a pesar de tener otros autos, no concebía andar en algo que no fuera un Alfa Romeo. Hasta que encontré, otro de los regalos que me deparó la vida, un Giulietta Sprint Veloce de 1962 (una verdadera joya).

En marzo de 1983, me inscribí con el Sprint Veloce en el Rally del Río de la Plata: ¡¡una fiesta!! A pesar de algunos detalles de pintura y que el embrague patinaba un poquito, el auto estaba notable.

El lunes siguiente al rally entré el Sprint en el taller para reparar el embrague. Dos días después, estaba pronto; cerca de medio día fui a buscarlo con un amigo para que, al retorno, manejara uno de los autos; llegamos al taller en hora del descanso, entonces fuimos hasta la esquina, donde había un carrito de comida al paso para picar algo. Parado en la acera y de espaldas a la calzada, con la mente en mis autos, mientras manducaba un chorizo al pan, no prestaba atención a mi entorno, ni siquiera los autos estacionados a mi espalda; de pronto mi amigo dice: !¡Qué deplorable estado, el de este auto!!». Giré y vi, lo que parecía una coupé Bertone, como dicen, correctamente, en Argentina refiriéndose a un Alfa GT Junior, un GT1750 o un GTV2000. Desprolijo, apagado, con faltantes, un feísimo rodado trece, sin insignias, sin el tablero original, con horrible volante, el parabrisas rajado, los cristales de puerta de acrílico o plexiglas absolutamente craquelé, faltaban los pestillos de puerta y a cambio tenía instalados unos botones más apropiados para la tapa de motor de un Fiat seiscientos, que para las puertas de un GT Bertone. Los paragolpes tambien se veían feísimos; cuanto más lo mirábamos más desorientados quedábamos, y por temor a que el dueño estuviera cerca, no queríamos ser impertinentes mirando el auto; de a ratos inevitablemente nos dábamos vuelta para mirar en busca de algún detalle más, que, finalmente, nos permitiera concluir que se trataba de un verdadero Alfa, feo y en mal estado (y no de una mala copia), pero Alfa al fin.

Estábamos en pleno devaneo mental sobre el asunto, cuando veo venir hacia mi un tipo medio sonriente, que se para a mi lado dice: «¿Te gusta mi auto?». Se ve que nos vio mirar el auto; mi lengua quedó atrapada entre mis dientes, sin poder articular respuesta. Tras cartón, el individuo abre el auto, se mete en el, lo pone en marcha y dice: «Fijate si el sonido del motor te dice algo». Con mi amigo nos miramos sin poder creer lo que escuchábamos. Claro, si estás parado al lado de un Porsche y al ponerlo en marcha, suena como un Fiat 600, te doblás del dolor de barriga, y que nadie se ofenda…

Entonces comprenderán lo que sentí, parado al lado del que (a pesar de todo) estaba convencido era un Alfa, cuando escucho el sonido del escape emitiendo un anémico «puf puf puf» de Fusquiño.

Impactante, ver en el interior del baúl original del presunto GT, apoltronado como pasajero clandestino, un plebeyo boxer, con su sibilante turbina, soplando insolentemente.

El acabose fue cuando mostró el lugar que originalmente ocupó el vigoroso bialbero, sustituido por un piso, el tanque de nafta de un escarabajo estandar y la rueda auxiliar. Doloroso también fue descubrir la amputación del puente delantero original del GT para suplantarlo por el de un Escarabajo.

El individuo nos preguntó si sabíamos de que se trataba. Cuando dijimos que no teníamos idea, explicó que se trataba de la carrocería del Giulia GTA 1600 que ganara el Gran Premio Argentino de 1965 en manos de la dupla Lepro-Olmedo. Me lo ofreció en venta, por poca plata; en fin, pedía unos 2500 dólares. Yo no pude, ni pensarlo. ¡No podía más! Ya estaba en otro baile.

Casi un año después de aquel episodio, el Sprint Veloce estaba en el taller, en proceso de pintura; se acercaba el Rally del Río de la Plata y si quedaba pronto, pensaba anotarme con el auto.

En marzo de 1984 el Sprint no estaba pronto y me inscribí con el Giulia en el Rally del Río de la Plata. El domingo, la actividad arrancaba con el almuerzo; a las ocho de la mañana, la mayoría de los participantes dormía. El Club de Autos Sport tenía programado un encuentro a esa hora, me invitaron y me anoté en la prueba que los amigos de San Isidro organizaban en Beverly Hills, con los Dellepiane, los Iriarte, los Barra, Diguardo, Torregrosa, Ponisio, Gothold y otros más; increíble lo que nos divertimos, el Giulia andaba como los bomberos a pesar de estar un poco alto de atrás, lamentablemente, después de darle palo y en medio de un duelo con otros Alfa, le di un cordonazo en la rueda trasera izquierda y tuve que abandonar. Coloqué la rueda de auxilio y me serené.

El lunes, de vuelta en casa y entregado al trabajo; de mañana tuve que hacer unas diligencias en una oficina pública. Acompañado de un amigo, al mediodía, después del almuerzo, bajé a la Rambla para llevarlo hasta su casa en el barrio de Malvín. Circulábamos tranquilamente, no más de cincuenta por hora, cambiando impresiones sobre la reunión que habíamos tenido en la mañana. Un poco antes de la curva del Puerto del Buceo, sobre nuestra derecha, con actividad de maquinaria pesada haciendo movimientos de tierra y obreros diseminados como hormigas, estaba la obra del colector sanitario. Con ese panorama, la circulación vehicular, obligatoriamente debía ser a paso lento. Sin embargo la mano contraria, que se desplazaba hacia el Centro, circulaba normalmente. En el preciso instante que ingresaba, lentamente, en la curva, veo como un taxi que venía en sentido contrario por el carril opuesto (hacia el centro) se descontrola y hace un trompo, pega en el cordón central, levanta vuelo y cae arriba del Giulia, como un meteorito…

Me desperté en el hospital, con heridas profundas en la cabeza y pierna izquierda, dos costillas rotas, esternón hundido, la ropa hecha jirones y dos enfermeras trasladándome de cuidados intermedios a una sala común. Comenzando a recordar confusamente lo que había pasado. A las 11 de la noche, cuando la actividad hospitalaria entró en calma, como pude me coloqué las pilchas rotosas y salí al hall del hospital para llamar por teléfono a un amigo que fuera a buscarme para llevarme a casa.

A la otra mañana, con muchas dificultades, me levanté, me ayudaron a vestir y con el cuento de que iba hacerme curaciones, salí a la calle pensando tomar un taxi para no tener que manejar; fue imposible, no podía entrar en ninguno; desistí. Intenté subir a mi Ford F100; tampoco pude. El último intento lo hice con la pick-up Dyna Panhard del 51 y esta vez sí, tuve suerte; quizás, gracias a que las puertas se abrían en sentido contrario, la cabina era estrecha con los comandos muy livianitos, me sentí mejor; entonces, pleno de coraje puse proa al taller para ver con mis propios ojos que suerte había corrido mi auto. Lo único sano fue la tapa del baúl, lo demás eran hierros retorcidos. Hermes Silvera me animó diciendo que motor, caja y diferencial, aparentemente no habían sufrido daños importantes. Estaba tan dolorido por las lesiones que no podía siquiera lagrimear.

Absolutamente convencido de mi inocencia en el choque. Comencé a pensar que el seguro (obligatorio) del taxi me indemnizaría. Eso me animó.

De nuevo, a bordo de la Dyna, puse proa, esta vez, hacia lo del propietario del «Fusca Bertone» con el propósito de llegar a un acuerdo para comprar el auto. Este estaba en el jardín de su casa; pero ya lo había vendido. Un par de horas de charla y salí con el Volkswagen Bertone comprado. Buena parte del monto de la compra era pensando en la cifra que cobraría del seguro del taxi.

Casi tres años después, sin haber cobrado aún el dinero de la indemnización del choque, vendí el Giulietta Sprint Veloce.

El domingo 23 de agosto de 1987 rodaba en la pista del Autódromo de Buenos Aires con mi Giulia Sprint GTA. Tan emocionado que apenas podía ver la bandera a cuadros indicándome la llegada; y no podía creer el resultado.

La historia está llena de detalles y anécdotas interesantísimas, algunas de ellas reflejadas en el libro «Carlos Lepro´s Giulia, the first winning GTA» de Iacona y Bertschi.

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