Coleccionistas para coleccionar
Valeria Beruto - 27/10/2009Luis tiene muchos amigos. Tiene esos incondicionales que todo aquel que valora la amistad quisiera tener; los que la vida, el colegio y la facultad le dieron. Y también están los amigos del automovilismo, que vaya uno a saber por qué extraña razón resultan ser los más pintorescos.
Si los vemos como un todo no cabe duda que entran en la categoría «coleccionistas», con todos los matices que las individualidades pueden dar. Es una pena que el mismísimo Freud haya sido un incansable coleccionista y por esta razón nos haya privado de su mordaz análisis con respecto a este hábito.
El coleccionista es una especie que crece en cualquier parte del mundo. Sin embargo, no se agrupa fácilmente. Etólogos disciplinados han descubierto que en mayor o menor medida, el coleccionista tiene un rito para admitir a un potencial par. Luis no escapa de este paradigma y así fue como conoció a un gran amigo del automovilismo.
Al principio, Luis se sentía un paria y creía que no había nadie que viviera tan intensamente su pasión por el/los objeto/s coleccionado/s como él. Hasta que un día se topó con otro de la misma raza, a quien naturalmente subestimó en su conocimiento y lealtad al objeto coleccionado. «Es otro que tiene un tío que tiene un Ford A todo modificado» pensó reacio Luis. Con el paso del tiempo, el coleccionista mostró más y más interés y denotó conocimientos por lo que Luis comenzó a escuchar lo que decía, de vez en cuando.
Un día como cualquier otro, este sujeto accedió a un objeto único y preciado: una foto de la dudosa Maserati 300S de Luis a pleno en los Mil Kilómetros de Buenos Aires, conducida por Carlos Menditeguy, con la misma carrocería y hasta con el mismo raspón en el guardabarros trasero que conserva hoy en día. Quizás usando la tecnología de la NASA se pudiera ver el número de chasis. Eso no sólo significó el ADN y punto final para la identidad del auto, sino también que ese coleccionista entrara al «círculo de confianza» de Luis. A partir de aquel día sintió compulsión por conversar todo el día con él.
Los bautismos de fuego de los coleccionistas pueden presentarse en las formas más diversas. A modo ilustrativo, algunos ejemplos: resistir de manera heroica la formación de estalactitas en la barba con tal de permanecer con la capota de su rodado baja durante una carrera en la Patagonia. Trabajar para el club. Ganar un multiple choice sobre conocimientos de automovilismo (o al menos ir a desempate). Hacer un viaje de connotaciones casi penitenciarias con su bólido sport clásico -preferentemente preguerra- por alguna locación semi-exótica o exótica. Proveer alguna bebida espirituosa poco popular a la barra del club para compartirla mientras diserta sobre la duplicidad de un número de chasis de algún auto valioso.
Dadas las reiteradas muestras de lealtad a la causa del novel coleccionista, el sello final que bendijo la relación fue cuando Luis le presentó su mujer a la del coleccionista para que juntas hicieran catarsis.
Es así como el coleccionista, en el largo viaje que le supone la aceptación de otros coleccionistas como pares, se va agrupando y formando clubes. Así los coleccionistas conforman una de las minorías más excéntricas y complejas de la sociedad. Para los coleccionistas de autos su tarea es la preservación, su himno es el sonido de un motor V12, su estatuto es la vida de Fangio y su ilusión… encontrar un Alfa 8C tirado en un galpón llegando al Chaco impenetrable, o mejor aún: enterrado con su dueño en alguna estancia de la Pampa Húmeda.
Pero como se expresó anteriormente, las individualidades dan los matices que enriquecen aún más a la especie coleccionista. Y qué sería de la biodiversidad sin el «coleccionista hablador», que pareciera que su compulsión a la posesión de objetos también incluye a las palabras y sin respiro se va mucho más lejos que las ramas: llega a contar cómo hizo el hornero para construir su nido en ese enorme árbol que es su conversación. Desde ya que ninguna mujer de coleccionista está dispuesta a creer que el hombre llegó tres horas tarde porque se quedó charlando con el coleccionista hablador.
La línea basal del coleccionista es ser obsesivo. Pero algunos ejemplares redefinen el concepto de obsesión y lo llevan mucho más lejos, incluso cruzan las fronteras del automovilismo para entrar en el territorio del «coleccionista fanático». Así este pintoresco personaje podrá hablar con un discurso impoluto sobre los más variados temas como bananas de Ecuador, juguetes Matarazzo o dinastías egipcias, que por supuesto ha estudiado e investigado con minuciosidad.
Otro integrante de este heterogéneo grupo es el bon vivant, cuyo gusto por los autos se enmarca en una afición sibarita. También estará presente el «etilista» embriagando las noches con la soltura y simpatía que le provocan las bebidas espirituosas. Por supuesto está ese coleccionista con alma de mecánico que pocas veces puede resistir la tentación de tirarse al piso para ver/arreglar/atar/inspeccionar algo en un motor que chorrea aceite. Su contrapartida, el que jamás se ensucia, mirará con las manos detrás de su cuerpo la escena proponiendo soluciones pero sin la mínima intención de ejecutarlas. Por desgracia también está el coleccionista belicoso, el que no sabe nada y el que sólo colecciona chismes. Aunque hay que reconocer que le agregan colorido a la cuestión.
En fin, la receta perfecta para despuntar el vicio encontrándose reflejado en el otro y disfrutando de las diferencias con el otro es para Luis agruparse de vez en cuando con los de su especie.
Continuará…
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Tomás
Valeria:
¡Impecable! Has puesto en elegantes palabras y en pocos párrafos todas las reflexiones dispersas -y merecidas- que escucho a diario en boca de mi mujer. Sólo te faltó el sabiondo: aquel que cuando no sabe la respuesta, la inventa, y así comienza a desparramar por el mundo historias tan fantáticas como inexactas…
Valeria Beruto
jajajajaj! Muy cierto! Podría escibir un cuento de leyendas urbanas del automovilismo clásico…
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